Demasiado tontos para vivir

Cuando un personaje muere y se lo ha buscado (o tenía mil maneras de evitarlo y no lo hizo) se dice que era demasiado tonto para vivir. Pues bien, hace algunos meses me encontré con dos ejemplos de este tópico a la misma hora y el mismo día. Era una tarde calurosa de sábado, a las 16:00 h., y decidí entretenerme con una tv-movie de Antena 3 que se titulaba “Sin sufrimiento“, aunque aprovechaba las largas pausas publicitarias para ver simultáneamente otra tv-movie, esta vez de Telecinco, llamada “Mi padre debe morir” (un título que ya por sí sólo llama la atención).

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Difícil elección.

La de Antena 3 –la más pasable de las dos–, cuenta la historia de una guapa diseñadora de moda (Deanna Russo) a la que se le muere su perfecto prometido días antes de la boda en un accidente de avión. La pobrecilla coge tal depresión que intenta suicidarse y es ingresada en un psiquiátrico, donde poquito a poco va recuperando la cordura gracias a los desvelos de una eficiente doctora (Lauren Holly). Lo malo es que, mira tú por donde, la doctora resulta estar más loca que el peor de sus pacientes y acaba desarrollando hacia ella una obsesión maternal peligrosa, que degenera en acoso y en persecución cuando, ya más reintegrada en la vida normal, Deanna opta por cambiarse a un loquero menos absorbente. La de Telecinco es, tal cual, lo que narra su título: un señor mayor sufre un derrame y queda paralizado y mudo, momento que aprovecha la loca de su hija para regresar al hogar con la firme intención de fastidiarle todo lo que pueda (pues le culpa del suicidio de su madre, que en realidad estaba igual de loca que ella) y, de paso, matarlo para heredar su gran fortuna.

Pero pasemos ya a los dos tontos, que menudo par de joyas. En “Sin sufrimiento” tenemos al detective Wallers, que entra en escena cuando el nuevo psicólogo de Deanna es asesinado y, lógicamente, sospecha erróneamente de ella. El típico policía tras la pista equivocada que nunca puede faltar en este tipo de películas. En “Mi padre debe morir”, el tonto del culo es Jake Walkins, un delincuente de poca monta al que la hija vengativa recurre para matar a su padre fingiendo una asfixia accidental. Ambos son imbéciles, sus apellidos comienzan por la letra W y tienen una muerte penosa que habrían evitado fácilmente de haber sido algo más inteligentes.

Tomando el té con la Muerte

En los compases finales de la película, mientras está persiguiendo a la fugada -en realidad secuestrada- Deanna, al detective se le enciende la bombillita y empieza a sospechar que la doctora tiene algo que ver en todo este fregado (antes, por lo visto, una grabación telefónica en la que alguien que ha caído en coma por un accidente de coche acusa a dicha doctora de estar pretendiendo tirarla de la carretera no era prueba suficiente contra ella). Con la mosca tras la oreja, Wallers decide informarse un poco leyéndose un libro que escribió hace años su –ahora– principal sospechosa y, tras convencerse de que la tipa está loca, no tiene mejor idea que ir a verla a su lujoso rancho de las afueras para decírselo. Pero no se lo dice de cualquier forma, sino en plan chulito, fingiendo ser un simple policía que viene de visita a charlar y soltando cada dos frases una indirecta con tono de suficiencia (sólo le faltaba llevar un pin gigante en la solapa que dijera SÉ QUE HAS SIDO TÚ).

¿Cuál es el problema de este modo de proceder? Si ya es arriesgado irse a chulear a una perturbada homicida, peor es hacerlo sin decirle a nadie a dónde vas (se supone que, desde que se le encendió la bombilla y dejó a su segundo a cargo de un registro, fue a la biblioteca y de ahí directamente a casa de la loca). Pero todo esto no es nada si lo comparamos con su completa falta de precaución, porque el muy lince no sólo le acepta un café a su demente anfitriona, sino dos. Cuando por fin se da cuenta de que ella también se ha llenado la taza pero no ha probado ni un sorbo en los cuatro minutos que lleva escuchándole discursear, ya es tarde. El veneno ha hecho su trabajo y el detective cae muerto al suelo sin siquiera poder desenfundar su arma. ¡Bravo, Sherlock!

No había manera de verlo venir

En cuanto a Walkins, su muerte es del mismo estilo. Como ya dije, es el amante y cómplice de la desquiciada protagonista y, al final de la película, termina asfixiando al pobre padre. Pero cuando ella acude al motel donde se ha alojado, resulta que no le lleva los 50.000 que le había prometido sino 5.000 (“si lo saco todo ahora sospecharán, toma este adelanto y vete, que ya te enviaré el resto otro día”), de modo que él se cabrea y le suelta a la chica un ultimátum: 100.000 dólares dentro de dos días o hará pública una grabación en la que ella le encarga que mate a su padre. “No es nada personal, muñeca… sólo negocios”. Apunta alto el chico, lástima que sea tan estúpido. Lo que sigue es un auténtico desfile de indicios de crimen inminente que Walkins no parece percibir aunque los tiene delante.

Tras un primer momento de shock, la tía pone su mejor cara de poker, se sienta en la cama y dice “¡Qué buena película estás viendo, voy a subirle el volumen!”. Primera señal de peligro, que el tío ni vislumbra. Luego la muchacha se pone cariñosona, diciendo que sí, que vale, que lo entiende, que son sólo negocios y que ahora toca un poco de ñaca-ñaca. ¡Y el muy tontaina deja que ella le abrace y le bese, como si fuera lo más natural del mundo que una mujer quiera acostarse contigo después de haberle hecho chantaje! Total, que en mitad del magreo suena un disparo (que nadie fuera oye porque el volumen del televisor está alto) y el pobre Walkins se derrumba con un balazo en el estómago, desangrándose hasta morir. La loca le quita entonces la grabación (pues el muy tonto sólo tenía una copia y la llevaba encima), prende fuego al lugar y se marcha tranquilamente a disfrutar de la herencia de su odiado papaíto.

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