Agujeros en “La Ratonera” (Agatha Christie, 1952)

Giles Raltson y su esposa Mollie deciden abrir una casa de huéspedes con el dinero de una herencia que acaban de recibir. La tarea que tienen delante no es nada fácil, pues es la primera vez que emprenden un negocio de este tipo y, para colmo, su estreno coincide con una gran tormenta de nieve que les deja temporalmente aislados en su local junto a una clientela de lo más peculiar (la gruñona Sra. Boyle, el acomodaticio comandante Metcalf, el infantiloide Sr. Wren, la “poco femenina” Srta. Caswell y el extravagante Sr. Paravicini).

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Pero lo que parecía una situación incómoda se convertirá en una pesadilla cuando un decidido sargento de policía, Trotter, haga acto de presencia en el hotel y comunique a los presentes una terrible noticia: Scotland Yard cree que uno de ellos ha asesinado recientemente a una mujer en Londres y tiene pensado volver a matar.

Así arranca “La Ratonera”, una historia de intriga, secretos y asesinato que empezó como radionovela, luego se convirtió en relato corto y finalmente ha llegado a ser, posiblemente, la obra de teatro más longeva de todos los tiempos (se estrenó en Londres a finales del año 1952 y desde entonces no ha parado de representarse allí). Ahora bien, que haya alcanzado tanto éxito no significa que sea perfecta, ni mucho menos.

He visto la obra representada en dos ocasiones con dos repartos casi distintos (aunque con el mismo director, Víctor Conde) y me gustó. Parte de una idea interesante, pero no tiene ingeniosos diálogos, ni sus personajes son memorables por sí solos (dependen totalmente de los actores que los interpretan para tener más o menos vidilla) y tampoco deja huella tras bajarse el telón. Es un relato eficiente y que entretiene, pero nada más. Si ha tenido tanto éxito en Londres es, creo, porque durante décadas los ingleses no tenían más opción para enterarse de qué iba la historia que ir al teatro. No se ha llevado al cine y el relato corto en el que se basa, “Tres ratones ciegos”, no se publicó en Reino Unido y en el resto del mundo ha quedado eclipsado por las otras novelas y cuentos de Agatha Christie.

Pero de lo que de verdad me dí cuenta cuando la vi por segunda vez es de que el argumento tiene varios fallos gordos que lo perjudican enormemente. A continuación expondré cuáles son. Y si no has visto todavía la obra y deseas hacerlo, mejor deja de leer.

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El papel con las pistas

Cuando el sargento Trotter llega, les dice a los confundidos huéspedes y propietarios que la mujer asesinada el día anterior en Londres era la tristemente célebre maltratadora que, 10 años atrás, había atormentado a sus tres hijos adoptivos y causado la muerte de uno de ellos. Junto a su cadáver había un papel donde se podía leer la primera estrofa de la canción “Tres ratones ciegos” y dos direcciones (la de la finada y la del hotel). En lógica deducción, Scotland Yard pensó que dos “ratones” más quedaban por caer y que su muerte ocurriría en la dirección restante, así que el inspector jefe envió a Trotter para que investigara.

Sin embargo, al final resulta que Trotter ni se llamaba Trotter ni tampoco era sargento. En realidad era Georgie, uno de los dos niños que sobrevivieron y que buscaba venganza. Él era el criminal al que decía haber venido a capturar. Con esta nueva información, pensé rápidamente que toda la historia del papel con las pistas había sido una enorme trola. Y la verdad es que tenía toda la pinta de serlo. Primero se carga a su ex-madrastra (sin dejar papel alguno) y luego se presenta en el hotel fingiendo ser policía, un oficio respetado que le libraría de cualquier sospecha y le concedería mando en plaza, justificando su presencia con la excusa del inexistente papel y de paso consiguiendo meterles el miedo en el cuerpo a sus próximas víctimas (sacar a relucir el pasado y anunciarles, indirectamente, que alguien va a ir por ellas es buen modo de mortificarlas).

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Un ratón ha caído. Y quedaron dos.

Todo cuadraba, pero hete aquí que al final se nos dice que, en efecto, ese papel preñado de pistas anticipatorias existía y estaba al lado del cadáver de la madrastra porque él lo dejó allí. Lo siento, pero no lo veo. Trotter podrá estar loco, pero no es imbécil. Tampoco es un impaciente, probablemente ha estado varios años escondido localizando a sus objetivos y esperando la oportunidad para atacar, oportunidad que tal vez él mismo ayudó a crear (los Ralston dicen que anunciaron su hotelito en el periódico, pero la señora Boyle afirma que el anuncio le llegó por correo). ¿Quería en el fondo ser descubierto? Quizá sí quería que se supiese que había sido él, pero si deseara ser atrapado no se habría cabreado tanto cuando le desaparecieron los esquíes, su único medio para huir. Y, desde luego, ansiaba cumplir sus planes de venganza a toda costa (por eso, al verse aislado sin posibilidad de escape, intentó matar a Mollie a la desesperada).

Recapitulando: Trotter no es tonto, ni impaciente, quiere ver a toda costa su venganza consumada y no desea que le pillen. ¿Entonces por qué demonios informa a la policía de cuáles son sus próximos movimientos y dónde tendrán lugar con un día de anticipo?

El verdadero sargento de la función

Si por algo se caracteriza el desenlace de “La Ratonera” es por los descubrimientos: descubrimos que Mollie era la maestra de los niños, que Trotter es el asesino, que la señorita Caswell es la hermana de Trotter… Pero el descubrimiento que más me ha sorprendido es el último: el comandante Metcalf no era quien decía ser, sino un detective infiltrado (enviado al hotel por el inspector jefe de Scotland Yard al descubrirse el cuerpo de la madrastra y el papel con las pistas que había a su lado). Me sorprendió, pero para mal.

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¿Y por qué me parece mal que Metcalf sea policía? Para empezar, porque es consecuencia de la existencia del papel y demuestra que Trotter se autoboicoteó a sí mismo sin ninguna necesidad. Además, resulta difícil de explicar que Scotland Yard tuviera tiempo de sustituir al verdadero Metcalf por un detective, pero no se les ocurriese la idea de colar uno o dos infiltrados más que se hicieran pasar por viajeros bloqueados por la tormenta en busca de alojamiento. Así la investigación hubiese sido considerablemente más sencilla. Y hablando de la investigación, todo lo que hace Metcalf durante la obra es coherente si fuese un simple comandante jubilado. Siendo un policía encubierto, no. ¿Acaso no le pareció sospechoso que, menos de un día después de que su jefe le enviara en misión encubierta, aparezca otro sargento al que no debe de conocer ni de vista, afirmando venir del mismo sitio que él y estar bajo las órdenes de su mismo jefe?

Además, para ser alguien que peina canas, un tipo teóricamente curtido en el oficio, si analizamos el balance final de su labor queda claro que es un completo incompetente. Tenía que haber sospechado de aquel extraño que decía ser un policía de su demarcación, pero no lo hizo, únicamente se extrañó. Tenía que haberse pegado como una lapa a la señora Boyle para protegerla, nada más revelarse que ella fue la juez que envió a los tres niños con aquella horrible familia de acogida (lo que la convertía en candidata indiscutible a ser uno de los dos “ratones ciegos” restantes)… Era de cajón: ya tenía a una posible víctima localizada, lo único que debía hacer era no quitarle ojo de encima y esperar que el asesino atacara para atraparlo. Pero no hizo nada o, si lo hizo, lo hizo muy mal.

En cualquier caso, después del asesinato de la señora Boyle, Metcalf empezó a sospechar de Trotter (¡milagro!) y por eso decidió esconderle los esquíes, para que así no pudiera huir. A priori, una acción razonable, pero que provocó que el criminal, desesperado ante la perspectiva de ser atrapado en cuanto el hotel dejara de estar aislado, atacara a Mollie y casi consiguiera matarla (si la pobre no muere es porque pierde el conocimiento y su verdugo, pensando que está muerta, deja de apretarle el cuello). ¿Y dónde estaba Metcalf mientras la señora Ralston luchaba por respirar? En el otro extremo del hotel, a donde Trotter le había dicho que fuera y de donde no habría vuelto a tiempo si la señorita Caswell no le hubiera ido a contar que creía haber reconocido a su hermano.

Conclusiones

Me podrán decir que todo eso son cosas necesarias porque si no “no habría película”. Claro, si el falso Metcalf hubiese sido un policía competente o si hubiese tenido ayuda, las cosas no hubieran llegado tan lejos y no hubiera habido obra de teatro. Pero es que podría haber habido obra perfectamente si Metcalf no hubiese sido policía: no habría tenido que sospechar, ni deducir, ni actuar… hubiera sido solo un militar jubilado y nada más. Que los esquíes de Trotter se los hubiese escondido Wren, por ejemplo, y arreglado.

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