“Caballero sin espada” (1939) El señor Bailey va a Washington

La nueva Ley del Déficit va a votarse en el Senado de EEUU y el multimillonario Jim Taylor es uno de los más interesados en que salga adelante, ya que gracias a sus contactos ha logrado que unas tierras que ha comprado a precio de saldo sean el sitio elegido para construir una presa (lo que significa que el gobierno deberá expropiarlas pagándole más del triple de lo que le costaron). Pero dos meses antes de la votación, uno de los senadores que tenía en nómina muere y el gobernador de su Estado debe nombrar a un sustituto. No queriendo correr ningún riesgo, y pese a los consejos de su lacayo el senador Paine, Taylor exige que sea nombrado un político famoso por su servilismo y pasividad.

Sin embargo, el Comité de Ciudadanos rechaza a este candidato y propone a un respetado y combativo reformista para el cargo. Forzado a elegir entre un candidato que enfadará a su “amo” y otro que enfadará a sus electores, el gobernador tira por el camino del medio y designa senador a Jefferson Smith, jefe de los scouts de la región e hijo de un viejo amigo de Paine. Un hombre joven y bien considerado pero inexperto, idealista e ingenuo que en teoría reunía todas las condiciones para ser el pasmarote que Taylor necesita. Pero no será así…

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Así es como empieza Caballero sin espada (Frank Capra, 1939), una comedia dramática sobre el mundo de la política que hoy en día puede llegar a parecer ingenua, patriotera e incluso hasta algo hueca. Pero nada más lejos de la realidad. Las andanzas del señor Smith en Washington tienen más contenido de lo que pueda parecer.

COMENTARIO

El método Capra

Frank Capra (Bisacquino 1897 – La Quinta 1991) era un consumado especialista en servirle al público una serie de tramas de alta esencia dramática pero que, gracias a un envoltorio trufado de detalles emocionales y cómicos y a un final satisfactorio, llegaban al corazón de los espectadores sin dejarles cicatrices y hacían que pudiesen volver a sus hogares con una sonrisa en la cara. Caballero sin espada responde perfectamente a este patrón. De hecho, no es difícil encontrar similitudes entre esta película y ¡Qué bello es vivir! (1946), su obra más conocida, también protagonizada por James Stewart y que gracias a las reposiciones en TV ha llegado a convertirse en muchos países en una tradición navideña más.

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Stewart y Capra, en un descanso del rodaje.

En ambos casos, el protagonista (Jefferson Smith / George Bailey) es un buen hombre que, siguiendo la senda marcada por su difunto padre, va por la vida haciendo el bien a la gente movido por las más generosas intenciones. Pero un día, tras interponerse en los planes de un ricachón sin escrúpulos (Taylor / Potter), su vida se convierte de pronto en una pesadilla durante la cual una amenaza de deshonra pública y prisión tan aparentemente inevitable como inmerecida a punto estará de destruirlo física y mentalmente, trágico destino del que se libra gracias a la intervención de un “ángel de la guarda” (Srta. Saunders / Clarence, un ángel en sentido literal), que le hace ver la necesidad de no hundirse, de recuperar el ánimo y hacerle frente a lo que venga.

Corrupción y mentiras en Washington

El joven senador Smith, a pesar de la pérdida violenta de su padre en la infancia, ha tenido una vida segura y, además de bienintencionado, es idealista e ingenuo. Cree en el sistema político norteamericano al 110% y reverencia al senador Paine. Y un día, sin comerlo ni beberlo, un ascenso inesperado le catapulta al pozo de las víboras. Nadie le toma en serio, la prensa se ríe de él y, finalmente, su intento por hacer algo de provecho le lleva a darse cuenta de que el hombre al que admiraba dejó de ser merecedor de admiración hace mucho tiempo y de que tras las blancas fachadas del Capitolio merodean sombras muy poderosas que intentan atraerlo y, tras ver que es incorruptible, tratarán de hacerlo quedar como el auténtico corrupto para destruir su carrera y quitarlo del medio.

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Smith y Taylor, frente a frente.

La política sale bastante mal parada en Caballero sin espada, pues en vez de cumplir con su obligación y ser un ejemplar instrumento al servicio de la gente se encuentra corrompida por el poder del dinero (personificado en este caso en el orondo y autoritario magnate, que tiene a la mitad de los senadores comiendo de su mano y a la otra mitad en la inopia, mientras él hace y deshace a su antojo desde Dios sabe cuánto tiempo). Un tema muy de actualidad que lamentablemente nunca parece pasar de moda. Esta visión del senado como un organismo en el que la corrupción tiene sus propios “representantes” puede parecer a ojos del espectador de hoy día una crítica demasiado inocente o cuanto menos light, pero a la audiencia de 1939 le pareció muy polémica (de hecho, los Boy Scouts se negaron a que su nombre fuese utilizado en la película, de ahí que se les llame “Boy Rangers” y dicen que el padre de Kennedy quiso evitar que la cinta se estrenase en Europa).

Es decir, en su contexto fue una película con un apreciable grado escandalizador y eso no se le puede quitar, aunque hay quienes critican la película y la llaman “patriotera”. Y no lo es o, al menos, no lo es del todo. Tiene patrioterismo, sí, pero no es patriotera en el sentido despectivo del término. Es verdad que la obra no deja de ensalzar los valores, símbolos e ideales que Estados Unidos considera como su fermento fundacional y eso la hace parecer patriotera, pero si fuera solo eso no habría corruptos (o si los hubiera se remarcaría que son un caso aislado y no estarían tan altos en el escalafón ni tendrían tanto poder y tanta capacidad de acción a todos los niveles), se quedaría en el ensalzamiento y poco más. Aquí se nos dice que hasta lo más “perfecto” puede no ser perfecto y malograrse y que se debe estar ojo avizor y dispuestos a luchar por mejorar y salvaguardar lo bueno.

La prensa tampoco recibe un retrato muy favorecedor. Los periodistas nos son mostrados como unos cínicos que se aprovechan de la inexperiencia de Smith para extraer titulares sensacionalistas y que se pavonean de que son los únicos que pueden “decir la verdad” sin tapujos porque no tienen que ser reelegidos, al contrario que los políticos. Sin embargo, el enorme poder del que disponen (el de crear opiniones y realidades en la mayoría de la opinión pública) aparece al final de la película en manos del malvado Taylor, quien ordena silenciar las palabras de Smith y hacerlo aparecer ante todo el país como un delincuente obstruccionista. Los medios de comunicación sometidos al poder financiero, otro tema interesante y espinoso. Hay que recordar que un sector de los periodistas norteamericanos criticó muy duramente a Capra, aunque el motivo de disgusto oficial fue el personaje de Diz Moore (Thomas Mitchell) y su manifiesta afición a la botella.

Volviendo a los parecidos con ¡Qué bello es vivir!, es de destacar que ambas terminan bien pero luego ves que debajo del almíbar hay un cierto poso amargo. El desventurado George Bailey se salva de la bancarrota y la cárcel gracias a la solidaridad de sus amigos y vecinos, que hacen una colecta y recaudan los 8.000 dólares que necesitaba. Un gesto de la gente humilde y sencilla que logra impedir que el malvado señor Potter se salga con la suya. Sin embargo, no hay que olvidar que fue el villano quien provocó el problema en primer lugar. El tío de Bailey perdió el sobre con el dinero de los fondos del negocio y él lo encontró, pero decidió quedárselo para provocar la ruina de su rival financiero. Es decir, Potter cometió un grave delito (robo de una cantidad equivalente a 100.000 dólares actuales) y nadie lo sabe, con lo que nunca pagará por ello. Fracasar va a ser su único castigo y, francamente, resulta una pena insuficiente. Pero ya se sabe que no siempre la gente mala paga por sus fechorías adecuadamente (si es que paga), sobre todo si son gente poderosa.

En Caballero sin espada, parece que se van a sacar de la manga un final edulcorado cuando, al darse cuenta de que ningún medio de comunicación va a publicar la versión de Smith, la señorita Saunders decide contactar con los scouts de su Estado para que hagan llegar a la gente la verdad a través de su periódico juvenil. Niños, los más puros de los humanos, a la cabeza de una lucha contra el poder corruptor de Taylor. Todo muy bonito. Pero Capra se ocupa de dejar claro desde el principio que la lucha va a ser tremendamente desigual (no en vano hablamos de unos chavales y su diario amateur contra todos los grandes periódicos y sus cuantiosos recursos) y al final termina como era de esperar. No sólo los partidarios del protagonista son derrotados por una máquina de propaganda superior, sino que además su esfuerzo es boicoteado vilmente por los esbirros de Taylor (robo de periódicos, destrucción de carretillas de reparto, agresiones, asalto a la imprenta e incluso un accidente de coche provocado que bien podría haber acabado en homicidio), provocando según la angustiada madre de Smith que haya “niños heridos por toda la ciudad”. Tanta violencia contra niños debió parecer muy fuerte a los espectadores de 1939 y, aunque hoy estemos más curados de espanto, sigue siendo incómoda y vergonzante de ver.

Pero los matones a sueldo de empresario corrupto no son los únicos en ejercer la violencia contra quienes buscan verdad y justicia. En un momento dado, vemos cómo se inicia en la calle una manifestación de gente que ha tenido acceso a la versión de Smith, le ha creído y sale con pancartas de apoyo a su persona y en contra de Taylor. Y, justo cuando te alegras de que el esfuerzo de los críos esté empezando a dar sus frutos, de pronto aparece la policía y dispersa a los congregados a manguerazos (cosa que no hacen con los que se manifiestan contra el protagonista). Bien pensado, el panorama es de lo más desalentador. La mentira ha ganado la batalla de la opinión pública, el pez grande se come al chico y un delincuente con traje y corbata que trata a senadores y gobernadores como si fuesen criados ha logrado engañar a todo un país y hacer que los agentes de la ley actúen como si fuesen una sección uniformada de su banda de matones. Para un espectador de los años 30, sin duda debió ser toda una pesadilla pensar que algo así pudiera ocurrir.

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Además, a pesar de que la historia acaba bien (se descubre la verdad y los niños y Saunders gritan jubilosos), uno no puede evitar pensar que las cosas han salido como tenían que salir por un margen muy estrecho. En realidad, el bien no ha triunfado sobre el mal. Jefferson Smith ha sido vencido, su solitaria guerra de desgaste contra la poderosa maquinaria de sus enemigos ha culminado con su desplome sobre el suelo. De no ser por la confesión pública de Paine, realizada a última hora en la creencia de que el hijo de su viejo amigo ha muerto por su culpa (la gota que ha colmado el vaso de una persona que en algún momento fue íntegra pero se corrompió), Taylor y su grupo se hubieran salido con la suya. Por mucho que el héroe haya tenido que ver, los villanos han perdido por la traición de uno de los suyos. Esto ya no es tan satisfactorio, pero sí que resulta más real (de hecho, la mayoría de casos de corrupción se descubren porque alguien de dentro del entramado se va de la lengua por una razón u otra) y no solamente en EEUU sino en cualquier país del mundo y en cualquier época y momento de la historia.

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