“Muerte en el paraíso” (2014) La peor conspiración de la historia

En 2014, Antena 3 llevaba más de dos años sin estrenar nada nuevo los fines de semana por la tarde y siempre que me quedaba en casa y encendía la tele para encontrar algo con lo que pasar el rato, me encontraba con películas que ya había visto o que en su momento no me habían interesado. Sin embargo, allá por el mes de julio, por fin empezaron a llegar nuevos telefilmes, que no es que fueran mejores que los anteriores pero por lo menos eran novedosos. Uno de ellos fue Muerte en el paraíso, una producción de Lifetime protagonizada por Malese Jow y Olivia d’Abo.

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EL PARAÍSO ESCONDÍA UN INFIERNO

Estaba claro desde el principio que esta tv-movie no iba a hacer historia en el mercado de habla hispana convirtiéndose en una cinta de culto ni nada parecido, pero ha terminado pasando tan desapercibida que de momento no aparece ni mencionada en la Wikipedia en español y la sinopsis que se ha hecho de ella tiene un fallo que casi tres años más tarde continúa sin corregirse.

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En realidad, la protagonista es huérfana desde la infancia. Primero perdió a su madre y un par de años después a su padre, quien antes de morir se casó por segunda vez con una rubia llamada Patricia, que es a la que debería hacer referencia el citado párrafo. En fin, en lugar de “madrastra” han puesto “padre”, un fallo lo tiene cualquiera. Además, de todos modos, Madison tampoco es una rebelde, o al menos a mí no me lo parece. La única fechoría que le vemos cometer, al inicio de la película, es el robo de las respuestas de un examen y nos dejan bien claro que lo hace a disgusto, presionada por una de sus compañeras de clase. Si a eso le sumas su cara de niña buena y su necesidad evidente de afecto y compañía… pues muy rebelde no parece. Pero si nos dicen que es una rebelde, lo tendremos que creer.

De aquí en adelante habrá SPOILERS a mansalva. Si queréis verla, no sigáis.

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Una visita inesperada

La pobre Madison, de 17 años, se dispone a pasar otras aburridas vacaciones más sola que la una en el internado de turno, mientras sus compañeras se van con sus familias. Sin embargo, su madrastra Patricia se presenta por sorpresa en su habitación, después de un larguísimo tiempo sin visitarla, y le comunica que se la lleva a pasar una semana a la isla caribeña donde ella y sus padres solían vivir. Cualquiera podría pensar que tanta sonrisa y tanto buen rollo repentino, tras una década de abandono y desatención, esconde siniestras intenciones. Y no se equivocaría en absoluto.

Resulta que Madison, aunque ella aún no lo sabe, pronto va a convertirse en una chica muy rica, ya que su padre depositó casi toda su fortuna (10 millones de dólares) en un banco de la citada isla y dejó estipulado que su hija pudiera disponer del dinero en cuanto tuviera la mayoría de edad. Y, como es la mala de la peli, Patricia ha decidido que todos esos millones estarían mejor en sus bolsillos y ha trazado un malévolo plan homicida para apoderarse de ellos, con la ayuda de un delincuente negro local llamado Blake, al que ha seducido, y de una joven hacker llamada Taylor, deseosa de una vida mejor.

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Conspiradores en acción.

Durante el viaje en avión Patricia pide perdón a Madison por haberla ignorado todos estos años, aunque sus explicaciones no son muy creíbles. Ya en la isla, cogen un coche y acuden al sitio que tienen alquilado, un precioso chalet blanco de dos plantas en medio del bosque. Antes pasan por un edificio amarillo para recoger las llaves y Patricia insiste a Madison en que debe quedarse en el coche mientras ella entra y las inscribe en la recepción. Porque es importante para sus malévolos planes que nadie las vea juntas.

Comienza la operación

A la mañana siguiente, la protagonista se levanta de la cama feliz como una perdiz pero no tarda en darse cuenta de que está sola. Su madrastra le ha dejado una nota contándole que ha tenido que irse por “una emergencia”, así que toma una bicicleta que casualmente ha aparecido en el salón y pedalea hasta la ciudad. Allí visita algunas tiendas de las afueras, pero no se aclara con el idioma. Blake aparece, la ayuda a entenderse con la dependienta y le paga los pendientes. Al salir, Madison es abordada por dos tipos de aspecto sospechoso que comienzan a acosarla y, cuando las cosas parece que van a acabar muy mal para ella, Blake reaparece y pone a los dos acosadores en fuga.

Agradecida y, por qué no decirlo, atraída, la muchacha acepta la compañía de su “salvador”, que se ofrece a acompañarla a visitar el barrio en modo guía turístico y luego la lleva de regreso a su chalet. Antes de irse, le propone recogerla a la mañana siguiente para visitar la isla. Y Madison acepta, pues ya se sabe que aceptar la invitación de un desconocido 15 años mayor que tú en un país extranjero es algo que haría cualquier adolescente inteligente. Patricia la reprende por andar codeándose con extraños, cosa normal, pero en realidad lo único que pretende es que le lleve la contraria.

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“Créeme, Maddy, lo vamos a pasar de muerte”.

Total, que al día siguiente Blake llega con su coche y la conduce hasta una playa desierta en el rincón más recóndito de la isla. Cuando ella pregunta por qué no hay nadie, él responde “Por eso te he traído aquí, no hay distracciones” y se ofrece a enseñarle a practicar surf de remo. La verdad es que yo hubiera salido corriendo, pero Madison no desconfía de su nuevo amigo, ni siquiera cuando nota que el chaleco salvavidas que le ha dado es muy pesado. Y no hablemos del gran cartel que hay delante de sus narices donde dice (en inglés) “AVISO. Posibles corrientes peligrosas”. Nada de eso la perturba. Incluso le acepta una bebida a su acompañante, preparada por él mismo según dice.

Y como era de esperar, cuando Madison se encuentra a muchos metros de la orilla, empieza a sentirse mal, cada vez más mareada y confusa. Finalmente, sufre un desvanecimiento y se cae de la tabla, hundiéndose en el mar.

Viva de puro milagro

Hasta ahora, las cosas han salido como los malvados esperaban. Pero como no podía ser de otro modo (de lo contrario no hay película), Maddy sobrevive al chapuzón y despierta ilesa y sana como una manzana en la orilla. ¿Cómo se explica esto? ¿Acaso le salvó la vida algún sireno? Bromas aparte, he leído que en el mar una persona tarda entre 8 y 10 minutos en ahogarse y por tanto hay más posibilidades de salvar su vida que en un lago, río o piscina. Así pues, es factible que se le desabrochase el chaleco y las corrientes marinas de las que advertía el cartel fuesen capaces de devolverla a tierra a tiempo. En cualquier caso, Blake ha quedado fatal yéndose de la cala sin cerciorarse de que su víctima estaba muerta. Vaya desastre de asesino que está hecho.

Tras recuperar el conocimiento, Madison se adentra en la jungla a pie, llega a una carretera secundaria y vuelve al chalet haciendo autoestop. Con el susto aún en el cuerpo, llama a recepción a preguntar si se ha denunciado su desaparición, pero le informan de que no. En ese momento llega su madrastra… con Blake. Los dos son indudablemente amantes y hablan sobre cómo ha ido su asesinato. Él afirma que se quedó a esperar el suficiente tiempo para comprobar que no flotaba (¡mentira!) y, curiosamente, resulta que la razón del desmayo de Maddy no fue el refresco casero sino sus pastillas contra la ansiedad, que Patricia cambió por otras poco antes de que se marchara.

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“¡Serán cabrones!”

Horrorizada por lo que acaba de oír, Madison intenta abandonar la casa sin que sus recién descubiertos enemigos se den cuenta. Pero cuando Patricia telefonea a la recepción y le dicen que su hijastra acaba de llamarles hace tres minutos, ella y Blake salen corriendo en dirección a la puerta y la sorprenden, aunque no pueden impedir que escape a todo correr. El plan original de los villanos se ha ido por el sumidero.

¿Cuál era ese malvado plan?

Para no hacer este artículo más largo aún, iré adelantando información. Resulta que el plan inicial de los malos consistía en:

  • PASO 1 – Blake mata a Madison fingiendo un accidente y abandona el cuerpo en algún lugar remoto, para que lo encuentren pero no enseguida.
  • PASO 2 – Taylor suplanta la identidad de Madison y, al cabo de dos días, va al banco y toma posesión de la herencia.
  • PASO 3 – El lunes, Patricia se presenta en comisaría y denuncia que su hijastra “acaba de desaparecer”.
  • PASO 4 – Tras un período indeterminado de búsqueda, la policía encuentra el cadáver de Madison y dictamina que murió accidentalmente. Entonces, Patricia (como única pariente viva de la fallecida) podría apropiarse de los 10 millones legalmente.

No es por criticar, pero habiendo tenido 10 años para prepararlo, el complot que ha creado esta madrastra ambiciosa y despiadada deja bastante que desear. Para empezar, Patricia se deja a sí misma expuesta a todas las sospechas. ¿O acaso cree que la gente va a pensar que la oportuna muerte de Madison un día después de tomar posesión de su fortuna y el hecho de que ella sea su única heredera son mera casualidad? Y hablando del plan en sí, ¿por qué matar a la chica y dejar su cuerpo semi-escondido cuando aún faltan dos días para acudir al banco y al menos uno más para dar la alarma? Alguien podría encontrarla antes y las cosas se complicarían una barbaridad. O peor todavía: si tras presentar la denuncia por desaparición la policía localizara el cadáver demasiado pronto, ¿cómo explicaría que su hijastra, quien en teoría vivía hace poco más de 24 horas, tenga pinta de llevar cuatro días muerta?

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“¿Cómo? ¿Hay médicos forenses en el Caribe?”.

¿No hubiera sido más sencillo drogar a Madison la primera noche, trasladarla en secreto al cuchitril que tiene Blake en medio de la selva (o a otro sitio que pudiera servir, que tiempo tuvieron para habilitarlo) y mantenerla allí retenida en contra de su voluntad mientras se consumaba la suplantación y el robo de la fortuna de su padre, tras lo cual no tendrían más que organizar un “accidente” convincente? De este modo, la conspiración habría avanzado sin dejar posibles cabos sueltos que la hiciesen peligrar. Si eres un genio del mal como Dios (o el diablo) manda y tienes una década para diseñar tu plan, no debes dejar absolutamente nada al azar.

Sin embargo, la incompetencia de Patricia es mucho mayor de lo que parece. Mientras está hablando con su cómplice, éste le pregunta en un momento dado por qué trajo a Madison a la isla si tanto miedo le daba que el intento de matarla saliese mal. Y lo cierto es que el tío tiene razón. Para robar los 10 millones sólo había que ir al banco con Taylor, hacerles creer a los empleados que ella era su hijastra usando documentos falsificados, transferir la pasta inmediatamente a una o varias cuentas a su nombre y poner tierra de por medio. Entre tanto, la protagonista seguiría en el internado aburriéndose, como siempre, sin saber que había una fortuna esperándola y que se la han robado.

Habiendo quedado claro que la villana ha planificado toda esta operación con el culo, volvamos a la historia en el punto en que la habíamos dejado.

El contraataque de la madrastra

Después de huir del chalet a la carrera y de pasarse unas horas deambulando por la ciudad, la pobre Maddy encuentra al fin la comisaría de policía y entra para denunciar lo que le ha ocurrido, pero las cosas se le complican muy pronto. El inspector que escucha su relato es un buen tipo pero se muestra algo escéptico debido a la ausencia de pruebas que confirmen su acusación y, cuando parece que la situación no le puede ir peor, de pronto llega Patricia para presentar una denuncia… contra ella. La acusa de no ser realmente su hijastra, sino una turista perturbada llamada Susan que ha intentado robar en su chalet unas horas antes. El comisario pregunta si puede presentarle a la verdadera Madison y entra en escena Taylor.

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“No se deje engañar por su nula convicción al hablar y su innegable miedo escénico, inspector. Ésta es la auténtica y genuina Ta… digo Madison.”

Hecho un lío, el comisario pregunta si Taylor puede demostrar que es quien dice ser y ella le da su pasaporte. Era el que tenían preparado para engañar al banquero y pasa el corte. “Parece auténtico”. ¿Y cómo demuestran que la denunciante es una loca llamada Susan? Con otro pasaporte, que según dicen se le cayó durante el robo. Blake ha debido falsificarlo en un tiempo récord y también da el pego. O el cómplice de Patricia es un genio de las falsificaciones (algún mérito tenía que tener porque asesinar se le da fatal) o los policías de esta isla se tragan cualquier mentira. El caso es que la protagonista pasa de denunciante a denunciada y quienes pensaba que iban a ayudarla le ponen las esposas.

Sin embargo, no todo sale a gusto de los villanos. Ellos creían que Madison sería enviada a prisión y adiós problema, pero el inspector aclara que el lunes se pondrá en contacto con el consulado norteamericano (¿qué ocurre en este país que hay que esperar al lunes para todo?) y ellos se ocuparán de la detenida, que de momento pasará la noche en el calabozo. Aunque sigan teniendo tiempo para robar el dinero, luego tendrán que huir y pasar el resto de su vida en el exilio, pues sus pasaportes no engañarían a los del consulado y su complot acabará por ser descubierto tarde o temprano.

Debieron haber retenido a Madison desde el primer día. Además de ahorrarse tantos problemas, hacerlo les habría ayudado, pues poco después vemos cómo Blake se ve forzado a crear una copia en plástico de la huella del pulgar de Madison (sacando el molde de una huella que dejó en un vaso el día anterior) para ponerla en el de Taylor, ya que en el banco exigen que “la futura propietaria del dinero” firme dactilarmente unos impresos previos y luego otros durante la transacción. Con Maddy en su poder, hubieran podido sacarle las huellas que quisieran de primera mano, sin depender de un vaso. ¿Y si se les hubiese roto?

Una fugitiva con mucha potra

Volviendo a Madison, tras el altercado en el despacho del inspector es conducida esposada hasta el piso de arriba por una mujer policía. Parece estar en su momento más bajo, pero lo cierto es que empieza su racha de buena suerte. Nada más llegar al piso finge un desmayo y le roba las llaves a la agente sin que ésta se de cuenta. Luego pide permiso para ir al servicio y se le concede. Si la policía hubiera intentado coger las llaves para dejarle las manos libres su plan hubiera fracasado, pero por lo visto en esta isla es de lo más normal enviar a una detenida a hacer sus necesidades con las manos esposadas a la espada.

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“¿El baño? Segunda puerta a tu izquierda. No olvides tirar de la cadena y lavarte las manos cuando acabes”

El siguiente golpe de suerte es que, casualmente, justo al lado del servicio hay una salida de emergencia que puede utilizar. Y, por último, una vez sale del baño sin esposas, resulta que la mujer policía (en vez de estar apostada delante de la puerta esperándola) está a unos metros de distancia charlando con un compañero y no la ve huir hasta que es tarde. Viendo cómo uno puede burlar a las autoridades locales con tanta facilidad, hasta empiezo a creer que el plan de Patricia no era tan malo al fin y al cabo. Menudos inútiles.

Después de escapar, Madison entra en un ciber-café para acceder a su cuenta de Fakebook y pedir a sus escasos conocidos que confirmen su identidad, pero está bloqueada (por culpa de Taylor, que para algo es la hacker del trío perverso). Cada vez más desesperada, a la protagonista le viene de pronto a la mente la pastelería en la que su padre le compraba muy a menudo dulces cuando era una chiquilla y decide acudir allí para ver si la reconocen. Sus esperanzas parecen derrumbarse cuando descubre que el local lleva tiempo cerrado y sus propietarios murieron, pero resulta que el hijo de estos, Andrés (que además era su mejor amigo de la infancia), continúa vivo y no solamente es guapo y bellísima persona, sino que la reconoce, cree su historia y se muestra dispuesto a echarle una mano.

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Ya estaba tardando en aparecer la trama romántica.

Concluido el ligoteo de rigor, la pareja se pone a trabajar y enseguida descubren por qué los villanos han hecho lo que han hecho y comienzan a sabotear sus planes. Por desgracia, al final son localizados y se produce una persecución por la selva (durante la cual Blake vuelve a cubrirse de gloria al matar sin querer al esbirro que le ayudaba) que culmina con Madison tomada prisionera y con Andrés detenido por unos policías que llegan atraídos por los disparos y, al encontrárselo a pocos metros del cuerpo del esbirro, deducen que ha sido el responsable del crimen.

Se acerca el desenlace

Tras capturar a la escurridiza Madison y recuperar algo importante que les había robado, ¿qué impedía a Blake matarla, si es lo que querían hacer desde el principio? En vez de eso opta por mantenerla atada y amordazada en su guarida hasta que llega Patricia. Madrastra e hijastra tienen una breve charla en la que la película intenta profundizar en los motivos de la malvada, pero sinceramente, el “Tu padre te quería más a ti que a mí, ¡qué injusto! No te merecías su amor ni los millones” suena a endeble excusa para maquillar la simpleza del personaje. La tía es mala y codiciosa y hace maldades para conseguir dinero, punto, no hay más.

Finalizada la charla, Patricia ordena a su amante que mate a Madison de una vez y vuelve al chalet. Mas cuando se dispone a hacerlo, la chica (que no es que sea muy lista pero a base de disgustos ha mejorado) le señala a Blake un hecho que él, como adulto supuestamente espabilado, ya debería tener asumido: Patricia no le ama en absoluto, para ella no es más que un colaborador necesario en un plan que lleva 10 años tramando y muy probablemente les dará a él y a Taylor una patada en el trasero en cuanto dejen de serle útiles. Le explica que, teniendo a la legítima propietaria del dinero en sus manos, puede apoderarse de los 10 millones para él solo, acto al que ella no se opondrá si a cambio la deja vivir.

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“¡Piensa un poco, mendrugo!”

Blake sale del escondrijo, repleto de dudas, y termina llamando a la jefa para decirle que ya ha cometido el crimen. Todo parece indicar que sus lealtades han cambiado y traicionará a Patricia, pero inmediatamente después de colgar, su idiotez retoma el control y decide regresar al cobertizo para cumplir con la orden. Menos mal que Madison ya se ha desatado y (aunque antes no había podido noquearlo atizándole con un tronco en la nuca y tampoco lo consigue ahora al principio con una barra de metal) lo deja totalmente fuera de combate de dos certeros puñetazos y escapa jungla adentro.

A la mañana siguiente, Patricia va a recoger a Blake con el coche y, al entrar en el chamizo, se lo encuentra todavía tumbado y doliente. Ni corta ni perezosa, la mala hace suyo el dicho de “si quieres que se haga algo lo mejor es hacerlo tú mismo” y asfixia a su cómplice hasta la muerte. Por memo y por inútil, hala. Luego, sin embargo, lleva a cabo su propia cagada y acude igualmente al banco con Taylor para recoger el dinero. Sabiendo que Madison anda suelta desde hace horas y conoce sus objetivos, acudir al banco a ciegas era lo último que debía hacer.

No le hubiera venido nada mal perdonar la vida a Blake y ponerlo a vigilar la entrada de la sucursal (o si no estaba en condiciones, pedirle que llamara al otro matón que tenía en nómina para que lo hiciera) y de este modo evitar peligros innecesarios. Pero si algo nos ha enseñado la película es que planificar correctamente no es la especialidad de esta señora.

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CAMUFLAJE.

Como era lógico predecir, Madison se ha apostado cerca del banco y en cuanto las ve entrar dentro se cuela tras ellas e interrumpe la transacción montando un escándalo, afirmando ser la legítima dueña del dinero y acusando a las dos de robo y usurpación de identidad. El director no la cree y está a punto de mandar que la expulsen cuando ella plasma su huella en un papel y le pide que la compare con la de los impresos que le ha entregado Patricia. Él lo hace y, con asombro, se da cuenta de que son la misma.

En ese instante, la historia puede darse por cerrada. El destino de Patricia está sellado, ha perdido. Sin embargo, el guión se empeña en prolongarla. Llega la policía para detener a Madison, el banquero los avisa de que pasa algo raro, la madrastra intenta patéticamente evitar lo inevitable con endebles excusas, la protagonista utiliza la llave que siempre llevaba colgada al cuello para abrir la caja de música de su padre y después pide a Taylor que confiese, ante la expectación general. Todo innecesario, pues con sólo mirar el dedo de la impostora se vería que lleva un pegote y quedaría claro quién es quién sin necesidad de melodramas.

Y colorín colorado, el film se ya ha acabado. Blake está muerto, Patricia irá a la prisión, Taylor también aunque se redime confesándolo todo (sí, vale que lo hace un segundo antes de que la pillen de todos modos, pero oye, era la menos malvada de los tres y algo había que hacer para redimirla) y Madison se queda en la isla con Andrés a vivir felices y comer perdices.

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