“Alarma en el expreso” (Alfred Hitchcock, 1938) ¿Quién es Froy?

El tren Transcontinental Express queda bloqueado a causa del mal tiempo mientras atraviesa un pequeño país centroeuropeo. Los pasajeros pasan la noche en un hotel de montaña, en el cual Iris Henderson conoce a una entrañable institutriz inglesa jubilada, la señora Froy. Al día siguiente, el tren reanuda el viaje e Iris (tras despertar luego de un fuerte golpe en la cabeza) descubre que la anciana ha desaparecido y trata de encontrarla, pero todos los otros pasajeros afirman no haber visto jamás  esa persona y le dicen que seguramente fue un producto de su imaginación.

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Y ella que creía que el viaje iba a ser aburrido.

Alfred Hitchcock (Londres 1899 – Los Ángeles 1980) inventó el nevado país de Brandiquia para ambientar la que sería la penúltima de sus películas británicas antes de dar el salto a Hollywood (la última es La posada de Jamaica, rodada un año después). Fue un importante éxito de crítica y público que sin duda contribuyó a que los norteamericanos se fijaran en él y decidieran darle la oportunidad de cruzar el charco, aunque ya venía dando muestras de su competencia como director en Sabotaje, Inocencia y juventud39 escalones o El hombre que sabía demasiado (de la que en 1956 rodaría un remake mejorado con James Stewart y Doris Day), por citar sólo las más conocidas.

La película se basa en la novela The Lady Vanishes, de Ethel Line White, aunque se trata de una adaptación bastante libre (al parecer los guionistas Sidney Gilliat y Frank Launder tomaron el punto de partida y algunos elementos del argumento y todo lo demás se lo inventaron). Los protagonistas, la guapa Margaret Lockwood y Michael Redgrave, por ese entonces dos actores casi desconocidos, están acertados en sus respectivos roles y el resto del reparto cumple también con solvencia, aunque algunos de los personajes pecan un poco de tópicos, sobre todo los secundarios.

AVISO: Este comentario va a contener bastantes SPOILERS.

Misterio sobre raíles

La historia comienza con una introducción de 25 minutos en la que se nos presenta a la mayoría de los personajes principales y donde predomina un tono marcadamente cómico, aunque hay algún que otro gancho de misterio para ir abriendo boca (como el asesinato del cantor). Esta introducción es, en mi opinión, un poco larga y podría haberse reducido (por ejemplo quitando la escena en la que los dos amigos ingleses coinciden en el cuarto con la doncella brandiquiana, pues no aporta demasiado y tampoco es que sea muy graciosa, por lo menos para un espectador de la actualidad), aunque por lo demás nada que objetarle.

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En el momento en que el tren se pone en marcha, la intriga se va introduciendo en la trama (aunque los toques cómicos seguirán estando muy presentes). La señora Froy se desvanece en un abrir y cerrar de ojos y la pobre Iris intenta encontrarla, sin recibir más que negativas por parte del pasaje y llegándose incluso a cuestionar su cordura. El único que la apoyará en su empeño será su enervante y extrovertido ex-compañero de hotel, Gilbert (que como era de esperar termina convirtiéndose en algo más para ella, en un romance típico que no desentona ni molesta). Juntos, tras varias desventuras, consiguen darse cuenta de que en el tren se está cociendo un siniestro complot relacionado con el contraespionaje y de que la desaparecida es algo más que una simple ancianita que se vuelve a casa por Navidad.

Una vez se descubren los interrogantes, todo se va encaminando hacia el desenlace y ahí yo creo que la película va bajando progresivamente el nivel debido al lastre que suponen una serie de faltas de acierto (a las que me referiré más adelante), pero a pesar de eso esta cinta sigue siendo una obra interesante que merece la pena ver, bien sea para pasar un rato entretenido o para ver la consolidación de Alfred Hitchcock como un cineasta a tener en cuenta.

Cosas que no me terminaron de convencer

Los protagonistas cometen un fallo garrafal inconcebible en el último tramo de metraje. A esas alturas saben casi seguro que hay una conspiración en la que están involucradas las altas esferas de “cierto país” importante (una de las viajeras implicadas es una aristócrata de postín y está casada con un ministro). Deducen que el misterioso paciente vendado es la señora Froy porque la monja que está a su lado haciendo de enfermera no es realmente una religiosa, pues ninguna monja llevaría zapatos de tacón alto (menudo descuido). Parecen ser listos, pero no lo son, ya que acuden al Dr. Hartz para que les ayude. Entiendo que este prestigioso y elegante señor que aparentemente había intentado echarles una mano antes parezca de fiar, pero si la enfermera forma parte de la conspiración, ¿por qué no iba a estar involucrado también el médico?

Y hablando de la “monja”, personalmente no me cae nada bien, por mucho que pretendan ubicarla al final en el bando de los buenos. Al enterarse de que la persona a la que está vigilando es inglesa (como ella) y va a ser asesinada, traiciona a sus superiores. Lo de que no sabía que estaba participando en un proceso de asesinato… no me lo termino de creer. Se ha involucrado lo suficiente como para saber que era cómplice de un secuestro y podía haberse imaginado lo peor sin necesidad de que se lo confirmaran. Pero se rebela al enterarse de que la víctima a la que custodia es inglesa. De hecho, eso es lo primero que la contraría, con lo que sus motivaciones últimas parecen ser patrióticas y no humanitarias. ¿Hubiera hecho lo mismo si Froy hubiera sido francesa, búlgara o checoslovaca?

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Los villanos de alto rango, el doctor Hartz y la baronesa, tienen demasiados escrúpulos a la hora de mancharse las manos de sangre. Se nota que todavía no eran conocidas las atrocidades del régimen nazi (claramente el país enemigo sin nombre es Alemania) y los presentan en modo “demonios nobles”, pero creo que se pasan un pelín. El médico, que recordemos está dispuesto a asesinar a la señora Froy personalmente en una operación fingida, les sirve a los protagonistas una bebida intoxicada pero no con la intención de matarlos sino solamente de adormecerlos el tiempo suficiente para que no le molesten. Y luego, cuando la monja es descubierta como una traidora, él y la baronesa no la matan (como parecía que iban a hacer por las caras que ponían) sino que simplemente la dejan encerrada en el armario, atada y amordazada, tras lo cual se bajan del tren antes de que lleguen sus soldados.

Esta última decisión es otro punto flojo. ¿No habría sido más fácil quedarse y aprovechar su presencia y su prestigio para tratar de convencer a los pasajeros ingleses de que no escuchasen a los protagonistas y obedeciesen la orden de evacuar el vagón por motivos de seguridad y aceptar la “escolta” que amablemente les ofrecía el gobierno local? Si no funcionaba, siempre podrían sacar sus armas y mantenerlos encañonados mientras los soldados se acercaban, evitando así cualquier resistencia. Claro que, de haber ocurrido eso, no habría habido tiroteo final (escena que, por cierto, me gustaba mucho cuando era más joven pero me bajó muchos enteros al volverla a ver de adulto, pues en mi opinión pudo ser aceptable y tensa hace 80 años pero hoy en día queda algo pobre).

“No es asunto mío”

Es curioso que el personaje de Lockwood sea la única que busca a Froy por humanidad, pese a que en realidad no la conoce de nada, más allá de haber mantenido dos conversaciones amigables. El aventurero encarnado por Redgrave la ayuda, al inicio, más por galantería que por convencimiento en la existencia de la desaparecida. Los conspiradores, como es lógico, intentan convencerla de que todo son imaginaciones suyas y las personas con las que Froy interactuó durante el trayecto (el abogado Todhunter, que viaje en el tren junto a su amante secreta usando nombres falsos, y los dos estereotipados caballeros ingleses Charters y Caldicott) también niegan haberla visto.

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Y es que el ser humano es así, cuando ve que un problema que ni le va ni le viene puede fastidiarle si se entromete, en la mayoría de los casos optará por no entrometerse y salvaguardar sus intereses, ya sean capitales o insultantemente triviales. Es por eso que ni la pareja de amantes (cuya relación podría salir a la luz pública si se produce un escándalo y los medios meten la nariz en el asunto, lo que supondría pérdidas económicas y sociales cuantiosas para ambos) ni la de amigos (ansiosos por llegar a tiempo al último partido de cricket de la temporada) colaboran con los Iris y Gilbert.

Justicia (casi) proporcional

Otro aspecto interesante de la película es cómo cada cual es recompensado o castigado por sus actos. Como no podía ser de otro modo, Iris y Gilbert salen de la aventura mejor de lo que entraron, convertidos en una pareja enamorada y triunfante. Y la señora Froy, a la que creíamos muerta, resulta que sobrevivió y consigue cumplir la misión de llevar el mensaje secreto al Ministerio de Asuntos Exteriores. Sin embargo, los secundarios reciben un trato más severo, debido a su colaboración indirecta con los villanos. El señor Todhunter muere intentando rendirse ante los soldados que rodean el tren, su amante queda desconsolada por su pérdida y Charters y Caldicott se enteran al llegar a la estación de que el partido que tanto deseaban ver ha sido suspendido.

Puede parecer un poco injusto que una pareja sufra tanto y la otra tan poco. El abogado y su novia pusieron en peligro la vida de una persona con su cobardía, pero el miedo a perder un montón de dinero, prestigio y aspiraciones sociales parece más justificado que el miedo a no poder asistir a un evento deportivo. Sin embargo, podríamos argumentar que Charters y Caldicott son dos alivios cómicos que viven en su mundo, ajenos a todo, casi como niños. No eran conscientes de que con sus mentiras amparaban un posible rapto, como sí lo eran los dos amantes. Así pues, no poder ver el partido (lo único que querían) es una retribución apropiada. Por otro lado, que Todhunter muera se debe a que desde un principio nunca tuvo intención de colaborar con los protagonistas y fue quien impidió que su novia, más humanitaria, lo hiciera. Era el más cobarde de todos y finalmente su cobardía le costó la vida, al llevarle a tomar una malísima decisión.

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En cuanto a los villanos, más allá de su fracaso, no les vemos sufrir mucho. El extrovertido mago italiano es pagado por sus servicios (aunque no le parezca suficiente) y el doctor y la baronesa admiten elegantemente su derrota al final. La única a la que dejamos en una mala situación es a la mujer que fingió ser la auténtica Sra. Froy para engañar a la protagonista y al final es vendada por Iris y Gilbert y enviada al hospital donde se suponía que Froy sería asesinada. Podemos suponer que, dado que el doctor se dio cuenta del cambiazo, es posible que simplemente la liberaran luego, mas el susto no se lo quita nadie. Y la monja de pega, como ya he dicho, se pasa al bando de los buenos en un arrebato patriótico y logra volver a su amado hogar y abandonar la mala vida, aunque le cueste un balazo.

PD: Esos dos tipos

Mientras escribía este artículo, me enteré de que los personajes de Charters y Caldicott no se limitaron solo a esta película. Gustaron tanto al público de Reino Unido que, entre 1939 y 1949, aparecieron en varios seriales radiofónicos y protagonizaron o intervinieron en once largometrajes más, de temática similar a la de Alarma en el expreso (en uno de ellos incluso coincidieron de nuevo con Margaret Lockwood en un tren, esta vez con destino a Múnich). En la mayoría de estas cintas emplearon otros nombres, por motivos de derechos de autor, pero seguían siendo los mismos ingleses estereotipados amantes del cricket y sin muchas luces. La racha de apariciones terminó cuando uno de los actores, Basil Radford, enfermó y tuvo que retirarse, falleciendo en 1952. Su compañero Naunton Wayne siguió con su vida y murió en 1970.

Sin embargo, Charters y Caldicott no desaparecieron con ellos. Tardaron en volver pero lo hicieron, interpretados por otros actores, en 1979 (en el olvidado remake de Alarma en el expreso) y también en 1985, cuando la BBC produjo una miniserie de seis episodios que contaba cómo se desarrollaban sus vidas tras la jubilación. Es curioso cómo la historia de la desaparición de la señora Froy encumbró a la fama no sólo a Alfred Hitchcock sino también a estos secundarios graciosos.

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“¿De qué sirve la fama si no tienes cricket?”

 

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