Guerra y paz. Un análisis político de Daeron, Baelor y Viserys II (t)

Este ensayo fue escrito por Somethinglikealawyer y publicado en Wars and Politics of Ice and Fire el 26 de agosto de 2015.

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Tras la muerte de Aegon II, subió al trono su sobrino y tocayo Aegon III, cuarto hijo de Rhaenyra. Como gobernante hizo un buen trabajo, teniendo en cuenta que la guerra civil había dejado los Siete Reinos en una situación caótica, pero fue bajo su mandato cuando la Casa Targaryen perdió su mayor fuerza. La Danza se había cobrado las vidas de la mayor parte de los dragones de la familia y los últimos supervivientes murieron en los años venideros. Se especula con que su desaparición pudo no deberse a la naturaleza sino a conspiraciones externas, quizás incluso con la complicidad del propio soberano, que sentía un odio y un miedo inmenso por aquellas bestias, producto del trauma de ser testigo de cómo su madre era devorada viva por el dragón de su tío.

“El melancólico monarca no es recordado con cariño y su legado palidecería ante el de sus dos hijos”.

El Rey Roto, como era conocido, estuvo al frente de un reino roto durante 21 años desde su mayoría de edad. A pesar de la complicada situación con que había tenido que tratar, Aegon III hizo un buen trabajo durante su gestión manteniendo el reino libre de grandes conflictos, sacando la tesorería real a flote y uniendo de nuevo a los Siete Reinos (un logro importante, dado el elevado número de vasallos trepas e instrusos ricos peleándose por el poder y la extinción de los dragones). Sin embargo, el rey Aegon nunca fue amado por sus súbditos por su naturaleza distante y depresiva. Fue una persona competente en su oficio, pero no era capaz de inspirar a la gente de la misma forma que su célebre tocayo El Conquistador. Este carisma que le faltó a él pareció recaer por completo en sus hijos, dos de los individuos más vistosos que se sentaron en el Trono de Hierro.

Gloria sin dragones

“Pocos previeron que Daeron, el primero de su nombre, se cubriría de gloria, al igual que su antecesor, Aegon el Conquistador, cuya corona llevaba”.

Las lecturas convencionales del fandom pintan a Daeron como un fanfarrón sediento de gloria, un belicista arrogante que recibió su merecido depués de llevar a la muerte sin sentido a miles y miles de personas. Se le presenta como un ejemplo claro de las profundas limitaciones del poder militar, del mismo modo que su hermano Baelor y su sobrino Daeron II el Bueno se alzan como ejemplos de cómo lograr el progreso a través de la paz.

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Este retrato tan simple es un poco injusto y demasiado condicionado por el punto de vista moderno de los lectores. Las conquistas de Daeron I son vistas como una locura únicamente porque fracasaron por la resistencia del pueblo dorniense (si hacemos caso a los informes convencionales). Pero, sin embargo, su enfoque inteligente de la guerra, la conquista de Dorne y su capacidad para la construcción de una amplia coalición ansiosa por seguirle en su proyecto de invasión le convierten, en mi opinión, en algo más de lo que Benjen Stark y el famdom de Canción de Hielo y Fuego creen.

Daeron heredó de su padre un reino reparado pero sin dirección, una dinastía de Jinetes de Dragón a la que no le quedaban dragones y una monarquía cuyas glorias parecían haber quedado relegadas al pasado. Teniendo en cuenta esto, la atrevida conquista de Dorne emprendida por el joven rey no era mero belicismo, un ataque injustificado contra un pueblo indefenso o un arrogante deseo de ser más grande que Aegon I (o al menos no sólo eso). Las realidades políticas y metafísicas de Poniente en aquella época parecen indicar que el objetivo estratégico era totalmente diferente: la conquista de Dorne nació del deseo de dar a la dinastía Targaryen algo de lo que enorgullecerse tras la pérdida de los dragones. Daeron pretendía demostrar la potencia del Trono de Hierro conquistando Dorne sin dragones.

Joven, enérgico, animoso y con un intelecto que a menudo se pasa por alto, Daeron parecía ser todo lo que debía esperarse de un rey. Fue uno de los generales más grandes de su tiempo, carismático e inspirador y un estratega capaz por derecho propio. Era conocido como un excelente guerrero (tal y como demostraría hasta el final de su vida empuñando Fuegoscuro) y también por ser casi el único rey de Poniente que escribió un libro, La conquista de Dorne (con considerables similitudes con el Commentarii De Bello Gallico de Julio César sobre la Guerra de las Galias), alabado por su prosa sencilla y considerado un pilar literario.

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“Conozco ese cuento, pero Daeron se vanaglorió mucho de sí mismo en ese libro.”Danza de Dragones, Cap. 17

El libro, sin embargo, también fue una pieza muy clara de propaganda política, como el Commentarii de César (el cual, siempre atento para ganarse el apoyo del pueblo llano, lo tradujo al latín vulgar). Dado que Poniente tiene una muy alta tasa de analfabetimo, Daeron optó por inflar el prestigio de sus conquistas, asegurándose así de que las canciones de los bardos llevarían a todo el mundo, desde los letratos a los iletrados, sus importantes logros: una pieza de propaganda accesible a todos los niveles de la sociedad. Este embellecido relato contribuyó a promover un culto al héroe Daeron, la piedra angular de su plataforma política y perspectivas. Por esta razón, que exagerase sus propios logros y la fuerza de sus enemigos en tan gran medida se explica porque al hacerlo se hacía poseedor de un aura de conquistador invencible capaz de grandes hazañas, pese a la ausencia de los temibles dragones. Así pues, Daeron se convirtió en la prueba viviente de que la dinastía Targaryen era tan increíble y poderosa como describía su libro (irónicamente, los dornienses usaron luego la novela de su frustrado invasor como propaganda propia, ya que inflaba su fuerza militar).

La conquista de Dorne no ha recibido en la saga la atención que merece un acontecimiento de tanta importancia, pero según lo poco que sabemos está claro que fue una de las campañas militares más exitosas de los Targaryen. Sus principales arquitectos, el propio Daeron y Alyn Velaryon, recibieron muchos y merecidos halagos como las mente militares más brillantes de su generación. Consciente de los fallos cometidos por Aegon I en las anteriores campañas, Daeron estaba decidido a negarle a Dorne la capacidad de usar las tácticas guerrillera que tantos buenos resultados les dieron contra el padre fundador del Trono. Daeron reunió un gran ejército y lo dividió, lo que le permitía una mayor flexibilidad operativa e impedía que los dornienses pudieran esquivarle fácilmente (como hacían en época de Aegon, que prefería mantener a su ejército unido). Envió a uno de los ejércitos al mano de Lyonel Tyrell (una espléndida elección política, ya que Tyrell era al mismo tiempo Guardián del Sur y enemigo acérrimo de Dorne) a cruzar el Paso del Príncipe, lo que forzó a los dornienses a mandar tropas allí para repelerlo. El Paso del Príncipe es una es una de las dos rutas terrestres tradicionales de Dorne y la más practicable y amplia de ambas, siendo por ende la elección natural para canalizar tropas y suministros en una guerra con Dorne.

Con los dornienses distraídos por el ejército de Lord Tyrell, Daeron mandó a Alyn Velaryon a barrer el Sangreverde y negar a Dorne el uso del río para moverse de forma rápida (además de arrebatarle a la desértica región su principal fuente de recursos hídricos). El estilo guerrero de los dornienses a la hora de enfrentarse a un enemigo superior en número es seguirle y emboscarle, aprovechando el conocimiento del terreno y el uso de elementos militares moviles. Al tomar el Sangreverde, Puño de Roble impidió que los dornienses pudiesen utilizar el río para atacar y trasladarse a un lugar seguro y restringió su moviliad, lo cual golpeaba de lleno la doctrina militar de Dorne, además de apropiarse de su principal puerto, con el riesgo crítico de hambruna que ello conlleva.

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La campaña de Daeron fue un gran éxito porque el rey se aprovechó de las fortalezas y debilidades de su oponente. El propio Daeron usó un camino de cabras para eludir las torres de vigilancia de Senda de Huesos, moviendo su ejército en secreto y atacando Dorne por sorpresa, a pesar de que en verdad fue la acción menos relevante de la campaña. Sin información ni movilidad, los dornienses se vieron obligados a librar indeseadas batallas campales, que es lo que él pretendía. Tomar el Sangreverde fue también un elemento político y psicológico importante de la campaña de Daeron, con un efecto tremendo. Si bien Dorne había resistido peores golpes durante la invasión de Aegon, había una tradición de trucos y engaños de la que los dornienses se sentían muy orgullosos, como por ejemplo la Casa Toland y su treta del bufón disfrazado. Atrayendo su atención al Paso del Príncipe para tomar el Sangreverde, Daeron engañó y atrapó Dorne, utilizando contra ellos su propia tradición cultural. Al apropiarse de sus técnicas, demostró a los dornienses que los entendía más que cualquier otro Targaryen que hubiera intentado invadirles y que no sería un presa tan fácil como los anteriores, sino un enemigo a tener en cuenta.

Daeron había sido muy consciente de las limitaciones estratégicas a las que tendría que enfrentarse sin dragones y, probablemente, estudió a fondo los detalles de los anteriores intentos de invasión y sus errores. Entendió que debía socavar la capacidad de combate de Dorne y no sólo ensuciar el sur con cadáveres. Puño de Roble era muy consciente de las tácticas dornienses, ya que a eran bastante similares a las de los Hijos del Hierro (otro grupo célebre por la guerra de movimientos y las razzias sorpresivas) pero en tierra. Los planes del joven rey aturdieron y confundieron a Dorne, que se demostró incapaz de reaccionar rápida o decisivamente y padeció derrota tras derrota.

De este modo, apenas dos años después del inicio de la campaña, Daeron había llegado a Lanza del Sol, volviendo a Desembarco con catorce rehenes de altísima cuna y siendo universalmente aclamado como conquistador de Dorne. Lord Tyrell quedó al frente de la región y durante un año se dedicó exitosamente a reducir focos de rebeldía.

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Es fácil encontrar paralelismos entre Daeron y Alejandro Magno. Estratégicamente flexibles, capaces de entender rápidamente la táctica del rival y de encontrar terrenos muy ventajosos y poco transitados. Además, eran también célebremente carismáticos, inspiradores y capaces de construir grandes coaliciones militares, usando sus fuertes personalidades y su contundente imagen de héroe guerrero para ganar lealtades y sofocar la desunión que pudiera aparecer entre gentes de diferentes culturas. Daeron mismo ganó la amistad de norteños notablemente espinosos, incluyendo a Rickon Stark, hijo del célebre Cregan. Naturalmente, el carisma personal tiene sus límites y Daeron superó a su contraparte histórica en el hecho de que su imperio no se fracturó después de su muerte, dado que no había sido su carisma el que lo había creado.

Para ser justos, los detractores de Daeron aciertan cuando opinan que era un chaval increíblemente arrogante. Su estilo de liderazgo carismático alimentó su ego, que ya era enorme antes incluso de ir a Dorne. Probablemente concibió la conquista del irreductible sur como un brillante monumento a su persona, un éxito allí donde su célebre antepasado había fracasado hacía 130 años y, además, sin los dragones. El fracaso de Aegon en Dorne fue un amargo recordatorio de los límites de la dinastía Targaryen; el éxito de una nueva invasión sería una proclamación nítida de de que los Targaryen no tenían fallas y que Daeron, sólo Daeron, era lo bastante fuerte, inteligente y astuto para rectificar el rumbo. Que exagerara en su libro la fuerza de Dorne para aumentar la gloria de la conquista prueba que el rey buscaba glorificarse a sí mismo ante las masas, en lugar simplemente de escribir en prosa sobre un suceso importante en la historia de lo Siete Reinos. La dinastía que apenas 30 años antes casi se consume en esos momentos estaba consolidada y saludable y todo gracias a Daeron, parecía decir el joven monarca.

Otra deficiencia importante de Daeron fue que ignoró toda solución que no fuera la conquista para traer Dorne al redil. Si bien la cuestión dorniense era un tema que necesitaba ser resuelto, a la hora de la verdad Poniente y Dorne no interactuaban mucho. Los dornienses allanaban regularmente las Marcas, mayormente con la misma poca trascendencia que cuando eran los señores de Poniente los que llevaban a cabo escaramuzas al otro lado de la frontera. Sin embargo, presumiblemente existía comercio entre ambas naciones, por intereses económicos mútuos, y el famoso Alyn Velaryon logró ganar el favor de Aliandra Martell cuando hizo dos visitas diplomáticas a Lanza del Sol durante sus campañas contra Dalton Greyjoy. El rey Viserys I había jugado con la idea de que su hija, Rhaenyra, se casara con un Martell para así unificar definitivamente el continente. Pero una anexión por matrimonio, como señala Edmure Tully, no es gloriosa para un hombre de Poniente, así que, para Daeron, tendría que ser la guerra.

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Después de que Lord Tyrell muriera horriblemente en aquella trampa de escorpiones disfrazada de inofensiva cama, Daeron tuvo que volver para pacificar al pueblo llano de Dorne. Una vez más, tuvo éxito en su estrategia de dividir a sus ejércitos y acorralar a los dornienses, obligándoles a batallar a campo abierto. Oberyn Martell afirma que en realidad la región nunca fue realmente pacificada por Daeron (del mismo modo que nunca lo fue con Aegon), pero El Mundo de Hielo y Fuego nos otorga otra versión, es decir, que gran parte de Dorne estaba en paz y que los ataques de la resistencia eran persistentes pero aislados hasta la muerte de Lyonel Tyrell.

Puesto que ambas son fuentes sesgadas, hemos de pensar que la verdad se encuentra en un término medio. Una vez Daeron hubo hecho suficientes progresos militares, Dorne pidió la paz y convocó una conferencia para renovar su lealtad y discutir un nuevo marco de relación. Por desgracia para la delegación Targaryen, la reunión resultó ser una trampa mortal: Daeron cayó atravesado por aceros dornienses junto a tres de sus guardias reales, su espada fue tomada como trofeo y su primo el príncipe Aemon, herido en la refriega, fue encarcelado.

El hecho de que el joven monarca perdiera la vida en una sucia encerrona tuvo mucho que ver con la supervivencia de su coalición. A lo largo de la historia, han sido bastantes los casos en donde la muerte de un líder carismático precipitaba el final de su causa y de su campaña militar, pero como Daeron no murió en batalla sino a traición y en flagrante violación de la moral ponienti, su aura de guerrero invencible le sobrevivió.

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Curiosamente, el asesinato de Daeron no se rememora con el mismo apasionamiento visceral que la Boda Roja, pese a que ambos hechos comparten muchas similitudes. Algunos disculpan a los dornienses, afirmando que Dorne había sido víctima de una guerra no provocada. Esta afirmación, al igual que la concepción popular de Daeron, es complicada de verificar o refutar. Aliandra Martell hizo que sus vasallos compitieran entre sí por su principesco favor asaltando las Marcas, por lo que quienes defienden que Dorne no había hecho nada para merecerse una represalia no están del todo en lo cierto. Sin embargo, es cierto que el Joven Dragón no había empezado la guerra respondiendo a una incursión concreta particularmente devastadora o a acto de agresión, sino porque pretendía subyugar a Dorne.

En última instancia, Daeron era muchas cosas, desde un talentoso general a un belicista arrogante. Su abrumador anhelo de gloria personal lo llevó a conseguir un gran éxito militar y su inteligencia y perspicacia resultaron muy útiles para inspirar los prodigios posteriores de Robb Stark. Pero si nos atenemos a su faltas (empezar una guerra a gran escala por deseo de gloria personal, no utilizar su famosa capacidad aglutinadora para ganarse a Dorne de la misma forma que se ganó a sus otros vasallos y su descuido de las funciones no militares que se esperan de un rey –tener un heredero–), nos queda un retrato de un rey cuyas debilidades dañaron más al reino de lo que sus puntos fuertes lo reforzaron. Cierto que está bastante lejos de la imagen simple que algunos segmentos del fandom tienen de él, pero un rey que provoca la muerte a decenas de miles de vasallos para satisfacer su ego no es un rey al que pueda considerarse con mucho cariño.

Bendito y pasmado

“Baelor resultó ser el rey más piadoso de la dinastía Targaryen y muchos afirman que de toda la historia de los Siete Reinos”.

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El rey Daeron no contrajo matrimonio durante su corto reinado, no tuvo hijos y sus únicas medidas como gobernante fueron invadir Dorne dos veces y escribir entre medias un libro sobre el tema. Así pues, tras su muerte en el 161 DA, el Trono de Hierro pasó a su hermano Baelor. El nuevo monarca poseía el mismo fervor y energía que su antecesor, pero mientras que a Daeron le había dado por la guerra y la milicia, Baelor había elegido un camino totalmente diferente. Era un férreo creyente del culto a los Siete, tan férreo como jamás se había visto en un gobernante. Este celo religioso influiría en muchas de las decisiones que tomó durante los 10 años que duró su mandato.

Su primer acto como rey fue perdonar a los dornienses por asesinar a su hermano a traición y llevar a cabo un gran espectáculo de penitencia y paz. Y cuando digo grande quiero decir grande. Recorrió todo el largo y peligroso camino hasta Lanza del Sol descalzo y vestido con tela de saco para probar su compromiso pacifista. Durante el trayecto de ida, se encontró con su primo Aemon, hambriento y encerrado en una jaula por Lord Wyls. Incapaz de conseguir su liberación, Baelor oró por su salud y seguridad y siguió su camino hacia la capital de Dorne. Una vez allí, devolvió oficialmente a todos los rehenes que Daeron había tomado años atrás y selló un acuerdo matrimonial entre sus sobrinos Daeron y Daenerys y los hijos del príncipe dorniense. Perdonar a los rehenes de Dorne fue un gesto celebrado por muchos como un increíble acto de misericordia, tanto en el universo Martin como en amplios sectores del fandom.

Si bien no se puede discutir que aquello fue un enorme acto de misericordia, al perdonar a Dorne y hacer ese extremo paseo de penitencia, Baelor hizo una declaración política de gran alcance para el resto de los Siete Reinos: os equivocásteis siguiendo a vuestro rey. Con esos grandilocuentes gestos de paz, Baelor ignoró cruelmente a las decenas de miles de leales vasallos que habían muerto en la lucha y echó sal en las heridas de sus dolientes familiares al robarles el sentido a sus pérdidas. Conviene recordar el caso de Rickard Karstark en los libros: tras conocer la muerte de sus dos hijos a manos del Matarreyes en la batalla del Bosque Susurrante, mientras defendían a Robb Stark, cayó en una depresión, pero volvió a mostrarse activo y vital cuando Gran Jon Umber sugirió proclamar a Robb Rey del Norte, lo que daba a la pérdida de sus retoños un nuevo significado, un sentido.

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Con sus grandes y bienintencionados gestos, el piadoso Baelor les dijo a sus vasallos que la guerra había estado mal y que, por lo tanto, todos sus esfuerzos y sus pérdidas no sólo no habían dado fruto sino que, además, no habían tenido razón de ser. Perdonando a Dorne por su perfidia, el rey que amaba la paz por encima de todo enardeció un sentimiento anti-Dorne que más tarde jugaría un importante papel en el estallido de la Rebelión Fuegoscuro (y sus cinco continuaciones).

La paz de Baelor fue celebrada en un principio y el rey hizo el camino de regreso a casa de la misma forma para continuar simbolizando su firme compromiso con el acuerdo. El príncipe Martell, quien temía que el joven gobernante muriera durante el trayecto y su astuto tío encontrara un pretexto para continuar la guerra, ordenó a todos sus vasallos que le ofrecieran todas y cada una de las comodidades posibles, reforzando de este modo su salud ante el agotador camino de regreso a la capital de Poniente. Sin embargo, Lord Wyl hizo gala de su mítica crueldad al ofrecerse a dejar libre al primo del rey, Aemon, si éste lograba atravesar un pozo lleno de serpientes venenosas para llegar hasta su jaula. Convencido de que tenía a los dioses de su lado y no sufriría daño alguno, Baelor dio su consentimiento al juego, entró al pozo y liberó a su primo, pero sufriendo tantas mordeduras en el proceso que entró en coma y no se recuperó hasta pasados varios meses (y quizás no se recuperó nunca).

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“Los primeros edictos de Baelor causaron consternación entre los habituados al gobierno sobrio de Aegon III, la negligencia benigna de Daeron o la administración habilidosa de Viserys”.

Esta acción dio credibilidad a la idea de que Baelor el Bendito no estaba totalmente en sus cabales y el cariz de sus actos posteriores no ayudaron precisamente a desmentirla, si bien la mayoría tengan sentido a la luz de los santos dogmas de la Fe de los Siete. Algunos de esos actos le ganaron el amor del pueblo, como la donación de una barra de paz a cada habitante de Desembarco del Rey cada día durante un año entero (aproximadamente 180 millones de panes). Otros eran auténticas debacles y no sólo no tuvieron éxito en su implantación sino que supusieron un considerable gasto. Su intentó de cambiar a los cuervos por palomas como animales mensajeros y la quema de muchos ejemplares de libros raros por considerarlos “sacrílegos” le valió la enemistad de la Ciudadela. Además, al poco tiempo de sentarse en el Trono anuló su matrimonio con su esposa-hermana Daena la Desafiante y tomó los votos de septón, dejándole claro a todo el mundo que no tenía intención de continuar con su rama familiar.

Sus políticas manifestaron una gran fijación en el control de la sexualidad femenina. Se prohibió la prostitución en Desembarco del Rey y todas las mujeres que ejercían dicho oficio y sus hijos fueron desterrados, provocando una considerable angustia tanto en ellos como en la amplia gama de gente que deseaba saciar sus apetitos carnales. Los nobles que pusieran cinturones de castidad a sus hijas doncellas estarían exentos de gravámenes. La medida más perjudicial políticamente fue el encierro de sus tres hermanas en la torre de oro conocida como la Bóveda de las Doncellas, una medida que perseguía tanto “preservar la virtud” de las chicas como alejar al rey de la tentación que le suponían tales bellezas rubias. Mucha gente, incluyendo su Mano y las tres afectadas, protestaron contra esta decisión (aunque no faltaron señores ambiciosos que buscaron el favor real mandando a sus hijas a la bóveda). Políticamente, las tres reclusas eran valiosos activos matrimoniales que se estaban desperdiciando sin necesidad, ya que al estar bien cimentada la sucesión masculina no había peligro de que se crearan dinastías rivales.

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Baelor también se valió de la autoridad que le daba su corona para hacer cosas que avergonzaron al reino e, involuntariamente, a la religión en la que tanto creía. Obligó a Lord Belgrave a lavar los pies de un leproso, lo que le valió el odio de la aristocracia por rebajar el honor de su clase y no tuvo efecto alguno, pues la nobleza y humildad del gesto perdió todo valor al realizarse bajo orden directa del soberano. Utilizó su influencia dentro de los Devotos para que nombraran Alto Septon a un plebeyo, Pate el Cantero, ya que según sus palabras, las esculturas que tallaba eran tan maravillosas que únicamente El Herrero podría ser capaz de hacerlas. En efecto, Pate era un cantero talentoso, pero también un hombre sin estudios incapaz de interiorizar los complicados dogmas y restricciones de la Fe o hasta recitar una sencilla oración sin cometer errones. El humilde cantero convertido en avatar de los dioses moriría poco tiempo después de su elección y, de nuevo, Baelor metió baza para que su sustituto fuese nada menos que un niño de 8 años que, según el monarca, podía hacer milagros. Una vergüenza política en toda regla.

Baelor era muy aficionado a la mortificación de la carne, una práctica religiosa que implica negarse comodidades e imponerse dolores y molestias, con el fin de negar al alma gratificaciones terrenales. Solía ayunar, caminar descalzo sobre terrenos duros y usar cilicios. Los ayunos era lo que llevaba al extremo con más asiduidad, ya que los realizaba cada vez que se sentía sobrepasado por los pecados del mundo, especialmente los de su propia familia. Cuando su prima Naerys perdió a sus gemelos a causa de un mal parto, ayunó durante un mes entero; cuando Daena, a pesar de estar encerrada, dio a luz a Daemon Aguas, permaneció sin comer durante cuarenta días y cuarenta noches hasta que su cuerpo fue encontrado el día 41º, demasiado débil para seguir viviendo.

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Su misteriosa muerte llevaría a muchos a sospechar que su paciente tío, el príncipe Viserys, le mató con veneno (no sería la única Mano en ser acusada de ese crimen y ya habían habido rumores antes que le relacionaban con la muerte de Pate el Cantero). Las teorías de la conspiración abundan en el universo martiniano tanto como en nuestro propio mundo. Algunos pensaban que Viserys codiaba el trono y despreciaba a su sobrino. Otros creían que era un vergüenza tener que lidiar con Baelor y su extremismo religioso y los hay quienes afirman que Viserys actuó para evitar que Baelor lanzara una “cruzada” contra el Norte y las Islas del Hierro.

Al examinar a Daeron el Joven Dragón y a Baelor el Bendito, la similitud más llamativa es que cada uno intentó, a su modo, llegar a convertirse en alguien grande. Quizás esto tenga que ver con la fría y distante personalidad de Aegon III. Con un padre parco a la hora de demostrar afecto y un tío sin muchas ganas de hacer otra cosa que no fuese trabajar (después de que su esposa, Larra Rogare, le abandonara y volviera a su lejana país de origen a morir), los pequeños príncipes crecieron sin sus modelos masculinos más importantes e intentaron sin duda obtener la aprobación de su ausente padre y luego superarle.

Daeron pretendía crear una gran conquista, un acontecimiento sorprendente que todos hombres se verían obligados a reconocer y por el que luego le adorarían. También trató de convertirse en el rey ideal estándar (carismático, vigoroso y guerrero), logrando el respeto y el amor del pueblo. Grandes gestas militares y cariño popular, cosas que su padre no tuvo. Baelor trató de obtener la aprobación de los Siete, una autoridad más alta incluso que la de un progenitor real, en una clara transferencia de afecto del padre terrenal al espiritual. A su manera, Baelor también pretendía superar a Aegon III: si toda la autoridad proviene de los Siete (ya que el rey es ungido por el Alto Septón y es, al tiempo, defensor de la Fe), siendo más santo que su padre sería considerado mejor rey de cara a la Historia. Pero aunque ésta haya sido benévola con ambos, las decenas de miles de muertos que hubo en el reinado de Daeron y las guerras inspiradas por las decisiones erráticas de Baelor nos dicen que quizá un gobierno sobrio y poco espectacular no sea malo después de todo.

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Viserys el Desmerecido

“Se decía que, mientras Daeron guerreaba y Baelor rezaba, Viserys gobernaba”.

La muerte de Baelor dejó al reino preguntándose quién era el sucesor. El pueblo llano y unos pocos señores consideraban que Daena, la hija mayor de Aegon III, debía ser la nueva reina. Otro nobles, la mayoría, apoyaron a Viserys. Las razones son variadas: tal vez creían que una mujer coronada se convertiría por naturaleza en una tirana sanguinaria (como la denostada Rhaenyra), tal vez veían a Daena totalmente inapropiada por su carácter voluntarioso y sus descaradas aventuras amorosas (a los tradicionales lores ponientis dudo que les gustara todo eso), tal vez tenían en muy alta estima la silenciosa labor de Viserys como Mano y querían verle actuar sin cortapisas, tal vez añoraban aquel gobierno sobrio pero eficiente de Aegon III, tal vez fuesen partidarios de la sucesión masculina o, a lo mejor, creían que efectivamente Viserys había matado a Baelor y le estaban agradecidos (o veían este gesto como el acto de un alguien que antepuso el bien del reino a todo). En cualquier caso, tras el entierro del Rey Santo, Viserys se colocó la sencilla corona de su hermano y empezó a trabajar.

A su manera, el ahora rey Viserys II era tan radical como sus sobrinos. Baelor deseaba que su reino se convirtiera en un perfecto reflejo de las normas y restricciones de la Fe de los Siete, Daeron en un ejército y Viserys lo imaginaba como una maquinaria afinada y engrasada, capaz y siempre preparada para llevar a cabo cualquier reforma que se precisase. Si la idea de la grandeza de Daeron consistía en un único y resplandeciente obelisco, reflejo de su gloria personal, la de Viserys II consistía en un millar de pequeños ladrillos, unidos conformando una gran estructura que resistiese el paso del tiempo.

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Con toda la libertad de que podía gozar un rey, las ideas de Viserys consiguieron volver a aumentar las finanzas del reino, sin recurrir a los impuestos. El nuevo monarca miró de aumentar el comercio con las Ciudades Libres, medida que no solo tiene implicaciones financieras positivas sino también políticas. Familizarizado con esa zona debido a sus años de infancia allí, Viserys quiso fortalecer los lazos entre ambos continente, por lo que exportó una amplia gama de productos agrícolas ponientis a un Essos siempre hambriento de suministros por sus conflictos y cambios territoriales constantes (es muy probable que Braavos dependiera mucho alimenticia y madereramente de Poniente debido a su geografía peculiar). Viserys también estableció un nuevo patrón para ayudar a regular mejor la moneda (o tal vez porque hacía tiempo que hacía falta una actualización en el campo monetario), lo cual demuestra su atención a todos los detalles, de los grandes a los pequeños.

Además, Viserys II reformó la Casa real y sus funciones, lo cual demuestra que comprendía bien las estructuras burocráticas y tomó parte activa en su mantenimiento. También reformaría de su puño y letra el Código Jurídico de Jaehaerys I, en lo que constituye la primera revisión importante de las leyes comunes en más de cien años, otra medida de vital importancia para la gobernanza del reino.

Desde una edad muy temprana, Viserys demostró una agudeza mental notable, que lo convertía en alguien más maduro que sus cuatro hermanos mayores. Cuando el barco en el que huía de la guerra civil fue apresado por la flota del Reino de las Tres Hijas, el joven príncipe intentó evitar su captura disfrazándose de grumete. No funcionó (le delató uno de los marinos), pero demostró que a pesar de tener solamente seis años su agilidad de pensamiento era enorme. Como rey, seguiría demostrando su dominio de las esferas intelectuales de la vida, incluso más que su nieto Daeron II, quien a pesar de haber pasado a la Historia como epítome del rey culto y rodeado de intelectuales, no hizo tantas modificaciones brillantes de la burocracia como su olvidado abuelo.

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El talento de Viserys II con las finanzas probablemente le vino dado por su estancia con los Rogare, la familia de banqueros lysenios que lo tomaron bajo custodia y se tomaron la molestia de educarlo mientras esperaban el momento adecuado para pedir un rescate por él, seguramente también para estrechar lazos con Poniente (Lys, al igual que Braavos, también depende la importación de comida para subsistir). No se puede descartar que sus contactos comerciales con Essos fuesen también una especie de acto nostálgico: su mujer Larra había muerto hacía 25 años, pero tal vez su recuerdo y el de su propia juventud exiliada le llevó a estrechar lazos con la tierra y la mujer que había dejado ya hacía mucho tiempo.

Aunque, sin duda, el Viserys tenía estudiosos y expertos asesorándole en cada uno de las materias, resulta llamativo que el monarca tuviese un conocimiento, mayor o menos pero siempre suficiente, de todas ellas. Además de la macroeconomía, Viserys fue un burócrata y legislador experto y, pese a ir agriándosele el carácter con los años, mantuvo siempre la capacidad de motivar a sus colaboradores y hacerles creer en el valor de lo que hacían. Quizá la población tendió a verlo como alguien igual de ausente que su frío hermano, pero la descomunal cantidad de reformas aprobadas durante su mandato son un clao indicio de lo contrario. No resulta extraño que quienes le conocieran creyeran que podría haber sido otro Jaehaerys el Sabio.

La comprensión básica de casi todos de los campos de la gobernación capacitaba a Viserys para ser un líder más importante que cualquier otro Targaryen anterior o posterior, salvo Jaehaerys. Ambos monarcas, de hecho, coinciden en que fueron sinteístas, capaces de tomar ideas dispares y reunirlas en un todo coherente. Viserys y Jaehaerys, con su intelecto, su destreza técnica y su ingenio rápido, fomentaron en sus subordinados la creencia de que comprendían lo que estaban haciendo y, lo que es más importante, que les valoraban y confiaban en ellos (cuando se trata de moral, nada es mejor que sentirse valorado). Ambos hombres pudieron usar su comprensión científica fundamental para mejorar el reino. Jaehaerys destacó por la arquitectura y la infraestructura (al modo del emperador romano Adriano), mientras Viserys II dejó su sello en la reforma fiscal y la política, como el zar ruso Pedro el Grande.

Esto no quiere decir que Viserys II no cometiese ningún error. Al igual que otros muchos líderes de la historia, tenía un punto ciego en lo tocante a su familia. Casar a sus hijos Aegon y Naerys fue una maniobra imprudente (por el odio que se profesaban ambos contrayentes) e innecesaria (habiendo desaparecido los dragones, ya no había necesidad de mantener pura la sangre). Tampoco fue capaz de reducir el deliberado desafío de su sobrina Daena, quien con sus romances y su comportamiento rebelde impactaba a la corte y era motivo de escándalo político. Peor aún, su propio primogénito, el príncipe Aegon, se convirtió en alguien sorprendentemente inmanejable, gobernado solamente por sus voraces apetitos (mujeres, alcohol y comida). Aunque Viserys dirigía el reino, resultó incapaz de dirigir el futuro de su hijo (otra coincidencia con Pedro el Grande, que dejó de lado la educación del príncipe Alexis).

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La asombrosa velocidad con que Viserys II llevó a cabo sus reformas se debe, en buena medida, a la gran coalición de burócratas ideológicamente afines y funcionarios públicos que había conformado durante su mandato como Mano. Habiendo gestionado los Siete Reinos a lo largo de 30 años, no es extraño que, una vez convertido en rey, estallase en un frenesí de actividad. Probablemente, habría estado años pensando en lo que haría si fuese el gobernante de pleno derecho de los Siete Reinos y, cuando Baelor tomó los votos y se hizo evidente que podía llegar a reinar (si su joven sobrino moría prematuramente), su mente sería un hervidero de posibilidades.

Sin embargo, como todos sabemos, Viserys II falleció poco más de un año después de sentarse en el trono por primera vez y su temprana muerte fue llorada por los maestres y otros sabios, que vieron cómo un hombre brillante y reformador desaparecía de escena antes de tiempo. Otros, sobre todo la gente de a pie, poco propensa a ver los beneficios directos de la administración sobria de Viserys en comparación con sus célebres sobrinos, le consideraron un hombre astuto, desconfiado, implacable y obsesionado con alcanzar el poder. Al igual que su hermano Aegon III, Viserys descuidó la imagen pública de su gobierno, aunque esto se debe en parte a que murió tan rápido que no le dio tiempo a nada en ese aspecto.

Aegon IV Targaryen, Aegon the Unworthy

El Mundo de Hielo y Fuego especula con que Aegon el Indigno, a la sazón un adulto de 37 años, no aguantó más para sentarse en el Trono de Hierro y envenenó a su padre (lo cual es divertido porque el propio Viserys había sido acusado de lo mismo cuando murió Baelor). Los maestres señalaron sus 12 años como rey para demostrar que, en su maldad, era capaz de cualquier cosa y que el parricidio no sería descabellado en alguien que tomaba lo que quería cuando y como quería, ya fuesen chicas, fondos del tesoro o cualquier fantasía descabellada. Podría haber sido un capricho más. Al fin y al cabo, aunque Viserys II era conocido por su delgadez, jamás nos es descrito como enfermo o débil, al estilo de Aenys o Jaehaerys II, y tampoco se nos dice que sufriera de problemas de salud o lesiones graves o persistentes. Su deceso nos recuerda al de otra Mano diligente, Jon Arryn, que también se vio sorprendido de pronto por una enfermedad mortal, con el agravante de que era muchísimo más mayor que Viserys (78 vs. 50). El hecho de que Lord Arryn estuviese tan sano, a pesar de que había sufrido pérdidas parecidas a las de Viserys, y que su muerte fue en verdad un envenenamiento, nos puede llevar a pensar si su enfermedad fue algo natural o no.

Sin embargo, debe tenerse en cuenta que Viserys II vivió una vida terriblemente estresante. Tuvo la desgracia de perder a muchos miembros de su familia de manera prematura (sus padres, sus cuatro hermanos mayores y sus sobrinos) y, con varias excepciones, violenta. Su esposa, víctima de tramas políticas desde que puso un pie en Poniente, se convirtió en una mujer triste y solitaria y acabó abandonándole para volver a su país, donde fallecería poco después. Se vio constamente obligado a buscar el modo de mantener al reino financieramente solvente mientras sus sobrinos llevaban a cabo unas gestiones tan creativas y populares como a la postre desastrosas. Acumuló una frustración tras otra, tanto por los límites que le ponían sus sobrinos como por su incapacidad para gestionar la rebeldía de Daena y el hedonismo extremo de Aegon. Y, además, pese a sus esfuerzos, el pueblo llano le despreciaba. Todas estas cosas minarían por separado a cualquiera y juntas forman un cuadro no muy halagüeño, una sesión de frustración, indignidad y desgracia continuas. Este estilo de vida de alto estrés pudo finalmente provocar una serie de problemas de salud que se complicaron a causa de la mala sanidad existente en Poniente y llevaron a Viserys a la muerte.

Jon_Arryn_Silent_Sisters_Funeral

En resumen, como observador externo es difícil no sentir simpatía por Viserys II. Trabajó de modo incansable por Poniente, fue un rey más trabajador y dedicado que El Viejo Rey o Aegon el Dragón. En términos de eficiencia, ningún otro rey Targaryen se le acerca y, en eficacia, ninguna otra Mano aguantó tantas trampas como él. En una saga llena de tragedias, la historia de Viserys II es quizá de las más grandes. Un hombre que comenzó prometiendo mucho, que jamás se detuvo a pesar de las numerosas y constantes adversidades, que no sucumbió a los excesos del poder y a su propio dolor, que trabajó sin descanso para su país… y cuya recompensa fue morir solo y amargado cuando al fin tenía manos libres para hacer lo que siempre quiso. Aunque la Historia haya podido condenarle, su legado es el de un gran y eficaz líder, maltratado por el tiempo, pero que posee la fortaleza personal y la visión de Estado que caracterizan a los grandes dirigentes de todos los tiempos.

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