“La vida futura” (W. C. Menzies, 1936) ¡Alas sobre el mundo!

La de cosas que uno encuentra en Youtube. Estaba viendo tranquilamente el último vídeo viral del mes cuando me llamó la atención La vida futura, una película de 1936 basada en un libro de H. G. Wells (La Guerra de los Mundos, La Máquina del Tiempo, La isla del Dr. Moreau, El Hombre Invisible…) y con un guión escrito por él mismo. Solamente por eso, ya merecía la pena echarle un vistazo. Nunca había oído hablar de ella, ni mencionarla en ningún sitio, y tenía curiosidad.

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Después de verla, he de decir que no me extraña demasiado esta falta de renombre. Aunque no es un mal film, tiene bastantes problemas, aunque el primero y principal es que no se trata de una película con mensaje sino de un mensaje con película. La vida futura es ante todo un alegato en contra de las guerras, los belicistas, el fanatismo y los demagogos y a favor del progreso científico bien entendido (por y para el bien de la humanidad, aunque sin deshumanizarse en el camino). Todo lo demás queda en un segundo plano.

La película, de 90 minutos de duración, se ambienta en la ficticia ciudad británica de Everytown a lo largo de varias épocas (principalmente 1940, 1970 y 2036). Se trata, pues, de una trama fragmentada donde no hay propiamente un protagonista (lo que más se parece es John Cabal –Raymond Massey– debido a que es el personaje que más sale, si bien en el tercer y último acto desaparece y le sustituye su bisnieto idéntico Oswald Cabal –también Massey–) y donde no se profundiza nada en los personajes y sus vivencias, desperdiciando en bastantes casos lo que podrían dar de sí, porque lo importante no es contar una historia entretenida sino transmitir un mensaje.

Everytown, 1940

Esta es la primera parte de la película y abarca más o menos los primeros 20 minutos. Es Navidad y los habitantes de Everytown hacen sus compras con tranquilidad, mientras no dejan de aparecer por todos lados carteles que anuncian el probable estallido inminente de una guerra. La combinación de felices compras navideñas y anuncios de la próxima destrucción, aderezada con villancicos, es de lo más inquietante y, sin duda, un inicio potente que en la versión doblada se pierde (en lugar de poner subtítulos, cada vez que aparece un anuncio es leído en voz alta, lo cual provoca que la atmósfera se rompa). Se nos presenta a John Cabal, un científico casado y padre de familia que está enfadado por el conflicto que se aproxima, pues es anti-belicista convencido y cree que el progreso debería servir para otra cosa. Nada más a destacar en cuanto a personajes (todos aquellos con los cuales Cabal interactúa apenas tienen un par de minutos y unas pocas frases y no vuelven a aparecer).

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John Cabal. De profesión: predicador.

Finalmente, se anuncia que ha estallado la guerra, todos los hombres en edad de luchar son llamados a filas (Cabal entre ellos) y poco después Everytown sufre un catastrófico bombardeo, bastante bien rodado para la época, que la deja hecha una ruina. Todo esto en los primeros 15 minutos. Luego hay una sucesión de escenas breves de la guerra, algunas rodadas con actores y maquetas y otras sacadas de documentales; durante una de ellas volvemos a ver John Cabal pilotando un avión y derribando un aparato enemigo que lanza una nueva arma, un gas altamente letal, aunque inmediatamente baja para salvar al piloto rival y clamar de nuevo contra el sinsentido de la guerra. A Cabal le gustan los sermones.

Lo curioso de esta parte es que casi acierta la fecha de inicio de la Segunda Guerra Mundial (estalló en septiembre de 1939 y aquí la ponen en diciembre de 1940). Es verdad que no hay que ser adivino para prever en 1936 que pronto iba a haber una guerra, pero si la fecha en el libro es la misma, entonces lo habría adivinado con 6 años de anticipación, con lo que algo de mérito sí tiene. Me llama también la atención el hecho de que a Wells no se le ocurriera que pudiera inventarse la bomba atómica (aunque la llamara con otro nombre) y apostase por un nuevo gas letal como el “arma definitiva”, aunque se comprende porque los gases tóxicos y la aviación habían sido la novedad más llamativa de la Primera Guerra Mundial y creer que en un nuevo conflicto se profundizaría en ellos sonaría más verosímil que una bomba capaz de arrasar una ciudad entera.

Everytown, 1970

Esta segunda parte, de poco más de 40 minutos de duración, es la más extensa de la película y, en mi opinión, la mejor de las tres. Si la primera era un prólogo excesivamente alargado y la tercera (de la que ya me ocuparé después) un pegote plomizo, ésta es la que más se parece a una historia con algo interesante que contar. Es verdad que tiene defectos, como la infrautilización de elementos a los que se podría haber sacado más jugo, el poco desarrollo de los personajes y que, lógicamente, los efectos especiales son muy viejunos, pero es la que más disfruté y opino que habría funcionado mejor como un argumento independiente.

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Después de la larga sucesión de escenas bélicas que siguieron al bombardeo, volvemos a Everytown a mediados de la década de los 60. La ciudad se ha convertido en un páramo ruinoso y miserable al que, para colmo, ha llegado la “Enfermedad Errante”, una epidemia causada por los últimos ataques con gases venenosos de la guerra y que debe su pomposo nombre a que los afectados, tras una larga agonía, se transforman en deambulantes y descerebrados vehículos del contagio. Por desgracia, este interesante antecedente del cine de zombis apenas es desarrollado. La escena dura 5:30 minutos y sirve únicamente para presentarnos a la mayor parte de los personajes de esta parte de la película (el mecánico, el doctor, la hija del doctor y el tiranuelo local, que asesina a la hermana del mecánico al convertirse ésta en infectada). Después de eso, un pequeño salto temporal y a otra cosa.

En 1970, Everytown sigue igual de ruinosa que cinco años antes, pero la epidemia ha desaparecido, hay mucha más gente en la calle y la antigua gran ciudad está alcanzando un cierto grado de prosperidad (medieval, pero prosperidad al fin y al cabo). Es cierto que algunas veces se nota que los edificios en ruinas son de puro cartón piedra, pero por lo general está bastante bien logrado el escenario.

El caso es que Inglaterra ya no existe como país y su territorio está dividido en multitud de feudos dirigidos por caudillos locales enfrentados entre sí por la hegemonía. El tiranuelo al que he mencionado antes, un tipo violento y fanfarrón, es uno de esos pequeños señores feudales: dirige una indeterminada porción de tierra desde Everytown, tiene una bella amante enjoyada estilo femme fatale y planea un ataque contra los “montañeses” para expandir sus dominios. No sabremos nunca su nombre, sólo su poco imaginativo título, El Patrón. En cuanto al pobre mecánico, se ha casado con la hija del doctor y ahora está trabajando de mala gana en la reparación de los viejos aviones del Patrón, una tarea sin sentido porque, aunque lograra hacerlo, aún está el problema de la completa ausencia de gasolina en la región (graciosa es la escena en que un lugareño presume de cochazo y luego vemos que lo mueven unos caballos).

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El futuro ya está aquí.

Sin embargo, un día aparece por allí un avión de lo más pintoresco, pilotado por un anciano vestido con un traje negro, con una ridículamente inservible coraza negra y con una cómica escafandra de buzo tamaño XXL. El anciano resulta ser John Cabal, que vuelve a su hogar 30 años después con el pelo blanco, unas arrugas pintadas en el rostro y el mismo carácter de sobrado suelta-sermones. Luego de recorrer el lugar y entablar conversación con el mecánico y familia (resulta que el médico era el chico joven que aparecía visitando su casa al principio de la película), se reúne con el Patrón y le anuncia que ha aparecido un nuevo gobierno en el continente, la Comunicación Mundial, un ente creado por científicos anti-belicistas partidarios del progreso y cuya flota de aviones está a punto de superar el centenar de aparatos nuevos.

El objetivo de esta entidad es unificar todos los rincones del mundo bajo su científico y progresista gobierno, sin reconocer más autoridad que la suya. Cabal así se lo comunica a su enfadado interlocutor, quien enseguida lo pone bajo arresto y lo envía derechito a los calabozos. Decidido a reforzarse, El Patrón emprende una exitosa campaña de conquista contra los “montañeses” y les roba su más valiosa posesión, unos pozos de petróleo todavía llenos y minas de carbón. Gracias a este combustible, sus aviones podrán volar. Pero el mecánico dice no poder dar los retoques finales a los aparatos sin ayuda de Cabal y éste sale momentáneamente de los calabozos (donde no ha perdido el tiempo y casi ha convencido a la amante enjoyada del malo de las bondades del próximo e inevitable nuevo régimen gracias a su labia torera).

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Futuro contra Pasado. Hortera contra hortera.

Al cabo de unas semanas de trabajo, una decena de avionetas ya están listas, pero el mecánico sale a un vuelo de prueba en alta mar y nunca regresa. Previendo una traición, El Patrón manda encarcelar a su mujer y a su suegro el doctor (al que paralelamente había intentado forzar a fabricar gas letal) y decide utilizarlos como escudos humanos en caso de peligro. Entre tanto, el mecánico llega volando a la sede de la Comunicación Mundial y les dice dónde está Cabal y quién le retiene (¿en serio estos tipos de negro tan inteligentes no sabían dónde estaba uno de sus colegas más veteranos y respetados?), organizándose de inmediato una misión de rescate y ocupación. Un grupo de naves de dimensiones gigantescas y aspecto murcielaguesco ponen rumbo a Everytown.

El Patrón envía contra ellos sus cochambrosos aviones, que se muestran impotentes y son rápidamente despachados en una batalla visualmente muy chusca (por la época). Viéndose perdido, da orden de que coloquen a los prisioneros atados a postes en un lugar visible para así evitar un gaseamiento. Pero las aeronaves los gasean igualmente, aunque como “los tiempos han cambiado”, el gas de la Comunicación Mundial no es venenoso sino sedante y todos caen dormidos, con lo que la ocupación es incruenta. Para aumentar los simbolismos, el único en morir es El Patrón, quien desaparece así con todo aquello que representaba gracias a un oportuno ataque al corazón por resistirse en exceso a los efectos del gas (supongo).

Los aviadores toman la ciudad, Cabal es liberado y, mientras la gente comienza poco a poco a despertar, proclama el nacimiento de un mundo nuevo y mejor. Es curioso, porque la idea de un grupo de individuos vestidos de negro, auto-proclamados como “élite” y queriendo imponer su visión del mundo por medio del poderío de su aviación no resultaría nada idílica a los ingleses poco tiempo después. En fin. No se nos muestra el reencuentro del mecánico con su familia, ni se aclara el destino de la más o menos redimida amante del villano… Al fin y al cabo, nada importan ellos, lo que importa es ver al bueno de Cabal soltando un discurso de minuto y medio de duración sobre las bondades que planea su nuevo orden, primero frente a un comité y luego mientras vemos imágenes de máquinas explotando yacimientos y a gente vestida rara construyendo cosas igualmente raras.

Everytown, 2036

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Llegamos a la tercera parte de la cinta, que dura más o menos 25 minutos y transcurre en lo que por entonces era un futuro muy, muy lejano, con todos los tópicos que se tenían sobre el tema (limpieza y blancura por doquier, edificios enormes con forma de antena, túnicas griegas tuneadas como ropas de diario…). Esta es la parte de la cinta que menos me gusta, pues tiene los mismos defectos que las otras pero agravados: el argumento es más simple, los personajes igual de poco o nada desarrollados (sigue sin importar lo que les pase), los efectos quedan más en evidencia, la moraleja sigue siendo lo más importante –ahora más que nunca porque se acerca el desenlace– y, además, al dar un salto en el tiempo de seis décadas y cambiar el escenario de modo tan radical (una hora de ruinas postapocalípticas y, de pronto, ciudad retro-futurista), la película crea una ruptura de continuidad de la que no nos salva siquiera la presencia del bisnieto de Cabal, Oswald, que más parece un clon porque es exactamente igual física e ideológicamente y tiene la misma tendencia a pegar discursos.

En fin, el caso es que ahora Everytown no está situada sobre la tierra (zona reservada para campos y bosques) sino debajo de ella y es más grande que nunca, con grandes plazas, altos edificios, estatuas gigantes consagradas a la ciencia… Todo, como ya he dicho, blanco y reluciente, con sus pobladores vestidos con una curiosa mezcla de pantalones cortos, túnicas grecorromanas y hombreras de acero. Hay algo parecido a pantallas planas (buen acierto), aunque se le da más importancia a la radio y las proyecciones holográficas como medios de comunicación de masas. La situación parece ser perfecta a más no poder, pero no es así, ni mucho menos.

Resulta que el bisnieto clónico de Cabal, Oswald, que es quien dirige esta utopía cientifista, desea comenzar la conquista del espacio y lo tiene todo casi a punto para enviar colonos a la Luna en una nave disparada por un gigantesco cañón (antes de que se inventaran los cohetes se creía que, en el caso de que se hiciera, la cosa iría más o menos así), un proyecto que, por lo que se ve, tiene bastante cabreada a una buena parte de la población, temerosa de lo desconocido y harta de la cómoda aunque aséptica vida que conlleva un mundo tan orientado a la ciencia y el progreso.

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“¿Alguien ha dicho REBELIÓN?”

Uno de lo descontentos, el amanerado e histriónico escultor Theotocopulos (caramba con el nombrecito), está convencido de que ha llegado el momento de volver a “cuando la vida era corta, feliz y el diablo estaba al acecho” y opta por pasar a la acción. Aprovechándose de que cualquier hijo de vecino puede dirigirse a las masas vía holograma sin que nadie se asegure previamente de lo que va a decir, lanza un discurso anti-científico que provoca un levantamiento generalizado en toda la ciudad (se ve que el hartazgo era tan enorme que lo único que hacía falta era que alguien, quien fuera, lo expresase abiertamente) cuyo objetivo es destruir el cañón, abortando así la misión espacial y poniendo punto final a la era del progreso.

Sin embargo, viéndose venir el ataque, Oswald decide adelantar el despegue y logra enviar la dichosa nave a la Luna (con su hija y el hijo de su socio a bordo como los nuevos Adán y Eva que iniciarán una nueva humanidad en el espacio) antes de que la turba de amotinados consiga llegar hasta ella para abortar el lanzamiento a golpes. Por cierto, hay media docena de personajes más en este tramo, pero son más de lo mismo (un par de frases con patas sin apenas desarrollo) y encima participan mucho menos en la trama que los de los anteriores segmentos, que ya es decir.

Y, concluyendo, al final tenemos a la humanidad en el espacio, a los amotinados hechos trizas por la onda expansiva del cañón al retroceder y la película termina con Oswald, tan cansino como su bisabuelo, soltando un nuevo discurso sobre el progreso, las cosas que nos depararán los años venideros y toda esa tabarra. Se podrán decir muchas cosas de estos últimos minutos, pero en ningún caso que son incoherentes con lo que hemos visto antes.

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“Como H. G. Wells me haga soltar otro discurso… ¡Bam, zum, y lo mando a la Luna!”
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