Aegon el Patético. Un análisis del peor monarca Targaryen (t)

Este ensayo fue publicado originalmente por Somethinglikealawyer el 23/09/2015

A lo largo de 15 años, Poniente presenció la llegada al Trono de su rey más belicoso, su rey más piadoso y su rey más diligente. Aunque estos hombres tendrían gobiernos más o menos breves, dejaron una profunda huella que reverberaría hasta mucho tiempo después de sus fallecimientos. Daeron luchó con Dorne, Baelor pactó con Dorne y Viserys mantuvo unidos a quienes se oponían a dicho acuerdo de paz. En su año escaso como rey, Viserys II llevó a cabo una agresiva campaña reformista destinada a introducir innovaciones legales y financieras que mejoraran la función del gobierno y aumentaran la prosperidad. Desafortunadamente, como ya hemos dicho, su mandato fue breve y, al morir, la corona recaería en su hijo primogénito, quien pasaría a la historia con el negativo apodo de El Indigno.

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¿Qué fue lo que hizo Aegon IV para que le llamaran así? ¿Por qué tomó tantas decisiones horribles? Vamos a intentar explicarlo en este ensayo.

Una receta para el hedonismo

Sin lugar a dudas, Aegon IV tuvo una infancia difícil. Fue el mayor de su generación, viendo nacer a sus dos hermanos y sus cinco primos. No se menciona que fuese pupilo de ningún señor, por lo que debe suponerse que se crió en la corte, donde sus únicos modelos masculinos eran su padre Viserys (un hombre seco y demasiado absorto en las tareas de gobierno como para atender a su hijito) y su tío Aegon III (distante, poco o nada afectuoso con sus familiares, propenso a los ataques de melancolía y que podía pasarse días sin hablar con nadie). La madre del pequeño, la hermosa lysenia Larra Rogare, dejó a su familia y regresó a su tierra natal cuando él tenía solo 4 años. Para empeorar las cosas, Larra murió casi una década después sin haber cerrado esa herida emocional que causó en él.

No le iría mucho mejor con sus hermanos. El joven Aegon se convertiría en un muchacho sano y vigoroso, experto en el uso de la lanza y la espada, buen halconero y talentoso cazador (todas ellos habilidades apreciadas en la cultura marcial de Poniente). Siendo como era el mayor, el príncipe podría esperar convertirse en un buen ejemplo para los Targaryen que le siguieran (y también ser el mejor, todo sea dicho). Para su desgracia, su hermano y sus primos no tardaron en convertirse en personajes famosos y eclipsarle totalmente: Aemon llegaría a ser uno de los mejores espadachines de la historia; Daeron, aparte de un buen luchador, fue un comandante de inmenso talento adorado por sus subordinados; y Baelor, aunque alejado de todo lo militar, ganó el aprecio de los plebeyos y los nobles religiosos por su devoción y piedad.

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Siendo Aegon alguien hambriento de amor paterno y de reconocimiento de sus modelos a seguir, quedarse a la sombra de sus jóvenes parientes debió de provocarle un gran complejo de inferioridad. Muchos de sus actos posteriores, especialmente su apetito por las mujeres, podrían ser vistas como un intento de ahogar su percepción de falta de valía. Aunque en la corte se admiraba su ingenio, todos sus parientes varones eran mejores que él en cualquier cosa: Aemon en la caballería, Daeron en el generalato y Baelor en la popularidad. ¿Qué era lo que podía hacer?

En su empeño por demostrar que todos se equivocaban al tenerle en menor consideraron, el futuro monarca se aplicaría en convertirse en un consumado seductor, capaz de ganar el cariño de las mujeres y hacer que los hombres le envidiasen. No fue un mecanismo de supervivencia muy sano, pero sí que ayuda a explicar la personalidad de este gobernante (aunque, sin duda, su propia predisposición a la lujuria ayudó a que eligiera este mecanismo de defensa en particular).

Una vez entendida su infancia, el retrato del Rey Indigno comienza a ser más complejo y menos caricaturesco, aunque ciertamente destacara por ser un mal líder y una mala persona. Aegon IV fue un pozo sin fondo de auto-odio y, en consecuencia, se volcó en el hedonismo para ahogar sus dudas y llenó la corte de aduladores que le hacían creer que todo el mundo le amaba tanto como él quería. La satisfacción de su ego es un elemento clave en todos los aspectos de su reinado.

Bañadla y traedla a mi cama

El sello distintivo del reinado de Aegon IV fue el gran número de amantes reales que pasaron por su cama y la igualmente enorme cantidad de bastardos que produjo, algo que por su exageración pasó a ser caricaturesco. Su obsesión con el sexo, mayor incluso que su glotonería y su vanidad, le llevó a no considerar un día completo a menos que hubiera una mujer en su cama en algún momento. Sólo tuvo nueve amantes “oficiales”, pero las chicas con las que durmió se contarían probablemente por cientos. Dormía con nobles y plebeyas por igual, ninguna dama estaba a salvo de su regio apetito.

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Aegon IV tiene bastantes puntos en común con Enrique VIII de Inglaterra, que también poseía una reputación célebre de aficionado al sexo y era paranoico, vanidoso y tirano, pero la diferencia estriba en que el monarca inglés era más calculador en la elección de amantes y que su obsesión era concebir un hijo varón al que legar su reino (y, cuando al fin tuvo al príncipe Eduardo, continuó empeñado en tener otro por si acaso –algo lógico, teniendo en cuenta que su hermano Arturo había fallecido a los 15–). Aunque podríamos compararle también con Augusto el Fuerte, rey de Polonia, cuyo apodo no sólo le venía por su corpulencia sino también por su virilidad (se especula con que pudo tener unos 300 bastardos). Incluso tuvo dos amantes extranjeras, como Bellegere y Lady Vaith.

Durante el mandato del Rey Indigno, la corte se convirtió en una chanza peligrosa. Muchos señores menores y ambiciosos, como Lord Butterwell y Lord Stokeworth, vieron la oportunidad de lograr el favor real a cambio de meter a sus hijas en la cama de Aegon. Porque el favor de la Corona no era poca cosa: Butterwell recibió un huevo de dragón, de valor incalculable en lo monetario y en lo simbólico (tradicionalmente eran posesión de los miembros de la Familia Real en exclusiva), por ofrecerle pasar la noche con sus tres hijas solteras; Lord Bracken y Lord Lothson se convirtieron en Mano del Rey, el segundo puesto más poderoso en Poniente, a cambio de llevar a sus hijas hacia él. Estas actitudes no son desconocidas en el mundo real, como demostró Thomas Bolena trayendo a sus hijas María y Ana a la corte de Enrique VIII y ascendiendo socialmente gracias a ellas.

Si bien este tipo de proxenetismo puede ser vilipendiado por su nula moralidad, el hecho de que estos padres sin escrúpulos tuviesen un nivel de rotación tan alto en los puestos de poder demuestra que, aunque ascendían con rapidez, su descenso podía ser igual de veloz. Los Lothson fueron expulsados de la corte cuando Lady Jeyne fue contagiada de viruela por su regio amante y Bracken moriría decapitado tras hacerse público que su segunda hija Bethany mantenía una relación con el guardia real Terrence Toyne (que fue desmembrado mientras ella era obligada a mirar antes de ser ejecutada).

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La personalidad caprichosa de Aegon era increíblemente voluble y tan pronto se mostraba excesivamente generoso como peligrosamente mortal. La familia de la amante real del momento podía perder la posición, la fortuna y el estatus acumulado en un suspiro si aparecía otra noble doncella hermosa en la corte. No es de extrañar que los grandes señores territoriales optasen por permanecer lejos de aquel espectáculo, por si acaso (sólo Jon Hightower encontró la manera de instalarse allí sin peligro).

La crueldad y el capricho

Aegon IV no limitó su obstinación a la búsqueda de amantes; de hecho, dedicaba todo su tiempo a dar satisfacción a sus caprichos. Desde el inicio de su reinado, dejó muy claro que no iba a dar continuidad a las justas tradiciones de su padre y su tío. Tan pronto como llegó al poder, atiborró la corte de aduladores para calmar sus inseguridades y los premiaba o castigaba en función de si le hacían bien la pelota o no, dando igual el resto de facetas. Parte del problema está relacionado con sus amantes: muchos padres de amantes reales consiguieron altos cargos administrativos y judiciales, que perdían tan pronto el rey se aburría de sus hijas.

Con estos mimbres, se hizo muy poco trabajo burocrático, sobre todo en el terreno de los proyectos a largo plazo. Los logros reales durante su reinado fueron muy reducidos, pues el nuevo señor de Poniente no era ni la cuarta parte de trabajador que su padre. Incluso cuando intentaba gobernar activamente, los resultados acababan en desastres o fracasos, en gran parte medida por su incapacidad para supervisar la buena realización de sus escasas ideas. Este tipo de gobernanza ineficaz era un peligro para todos aquellos señores competentes que querían hacerse un nombre en la corte real por sí mismos y no al amparo de la prostitución de sus hijas. Si tenían la fortuna de convencer al hombre fuerte de turno para que les dejase trabajar, a lo mejor al día siguiente cambiaba el gobierno porque Aegon IV tenía otra hermosa amante, teniendo que lidiar con otro ministro cuya única cualificación era tener un buen cuerpo disponible para tentar al aburrido soberano.

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Por supuesto, no todos apoyaban este chapucero modo de gobernar. El principal opositor de Aegon IV fue su hijo, el príncipe heredero Daeron, nacido en el 153 AC. Dada su condición, Daeron gozaba de mucha influencia en la corte y no dudó en utilizarla siempre que pudo para obstruir los caprichos y veleidades de su padre, quien sin duda se enfureció enormemente al ver que su hijo le desafiaba. Ya lo despreciaba, en buena medida por ser el fruto de su matrimonio forzoso con su hermana Naerys, a la que nunca amó (más bien todo lo contrario), pero cuando se convirtió en una amenaza política activa capaz de negarle sus caprichos, el odio de Aegon hacia su hijo alcanzó cotas insospechadas.

Como he mencionado antes, el mandato de Aegon no fue completamente inactivo. Obsesionado por el tratado de paz de Baelor con Dorne, que él percibía como humillante, y por el hecho de que entre los partidarios de su hijo había muchos dornienses, el monarca siempre tuvo en la cabeza la idea de sojuzgar Dorne. No es descabellado pensar que Aegon creyera que Daeron se había vuelto contra él por culpa de su mujer dorniense; las esposas chivos expiatorios son muy comunes para explicar las traiciones (Serala Darklyn, la Serpiente de Encaje, es recordada por el pueblo de Valle Oscuro como la responsable de que su esposo, Denys Darklyn, se rebelarse contra Aerys II). Ella y Meriah Martell eran extranjeras y si una puede cargar con la culpa de una acción, ¿por qué no la otra también?

Los intentos de Aegon IV conquistar Dorne acabaron en fracasos. El primero de ellos fue bloqueado políticamente por Daeron, pero el segundo y el tercero fueron desastres militares, puros y duros. El rey ordenó construir una enorme flota, probablemente con la esperanza de repetir el éxito de Puño de Roble, pero todos sus buques naufragaron por una tormenta antes de alcanzar la costa de Dorne. Este revés no le hizo desistir y no tardó mucho en sellar una alianza con Tyrosh (para acceder a otra flota llegado el caso), haciendo que su adorado bastardo Daemon se comprometiese en matrimonio con Rohanne de Tyrosh. Su tercer intento, sin embargo, sería el epítome de la locura.

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Aegon contruyó “dragones” de madera, unas máquinas de asedio móviles equipadas con pólvora, y los usó para intentar someter Dorne. Estos “dragones” eran trastos pesados y complicados de manejar, escasamente prácticos en la teoría y nada en la práctica, y un claro intento del rey de traer de vuelta la antigua dracocracia. Mover los artefactos hasta Sendahueso, la más traicionera y empinada de las vías de acceso a Dorne, se saldó con un accidente y un gigantesco incendio que se tragó casi toda la vegetación de la zona. Y todo eso sin llegar a poner un pie en territorio enemigo. Mal planeada, mal ejecutada y de resultados desastrosos, esta debacle es la muestra perfecta del gobierno insensato de Aegon IV.

Paralelamente a su empeño de castigar a los dornienses, el monarca pudo haber querido superar a El Joven Dragón y alimentar así su propia vanidad. El estrafalario plan de las bestias de madera habla de su deseo de ser el más grande de su generación. Todo lo que hizo en Dorne nos habla de su afán de gloria: no sólo pretendía superar a su primo sino también a su tocayo El Conquistador, tomando el único lugar que éste no había dominado y con unos “dragones” revividos de su invención.

Con un gobierno ineficaz y corrupto tras él, Aegon IV tuvo un reinado tan vago como el de Viserys I, sólo que empeorado con varios errores. Al igual que Viserys, otro corpulento rey egoísta, se dedicó a ignorar los problemas crecientes que a los que se enfrenta el reino. Y del mismo modo que Viserys I tuvo la fortuna de suceder a Jaehaerys el Sabio, él tuvo la suerte de sustituir como rey a su competente padre, quien durante años había encontrado mil y una maneras de mantener a flote las finanzas de la corona y, lo que es más importante, había establecido una burocracia eficaz en todos los escalafones. Con una facción dedicada a impedir la degeneración del reino, encabezada por Daeron, el sistema administrativo de Viserys II se mantuvo casi intacto (logrando así preservar el reino mucho después de su muerte).

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Daeron y Daemon – Sangre y palabras

Aegon IV legitimó todos sus bastardos en su lecho de muerte. ¡Y cuánto dolor, pena, guerras y asesinatos provocó!” – Tormenta de Espadas, Catelyn V

Daeron fue quizá el único hijo legítimo de Aegon IV, pero estaba lejos de ser su único descendiente varón. Aegor Ríos se crió exiliado junto a su madre en Seto de Piedra, mientras su hermano Brynden Ríos vivía en la corte. Los hijos bastardos nobles de Aegon el Indigno tendrían un profundo impacto en Poniente que durará generaciones y que alcanza incluso a la saga de libros, donde Cuervo de Sangre está a punto de transmitir su conocimiento a Bran Stark y, al mismo tiempo, a través del Mar Angosto, el legado de Aceroamargo está a punto de entrar en escena.

Sin embargo, el bastardo más infame de todos, nacido de su aventura con Daena la Desafiante, fue Daemon Mares (quien más tarde causaría problemas al reino como Daemon Fuegoscuro). No es un secreto que, después del reconocimiento oficial del chico en el 182 AC, se convirtió en el favorito de su padre. Que le regalara la espada real de la familia, Fuegoscuro, fue simplemente la confirmación pública del hecho. Si bien es cierto que el príncipe Daeron no exhibía los atributos tradicionalmente entendidos como dignos de la masculinidad viril (sus propios partidarios reconocían que no era un buen guerrero en absoluto), este polémico regalo se explica mejor teniendo en cuenta la feroz rivalidad de Aegon con el hijo que tanto se oponía a sus arbitrarias decisiones.

Aegon no podía recompensar a un hijo tan desleal con este gran símbolo de la realeza Targaryen. Al entregarla la espada a Daemon, el rey sin duda pretendía crear un nuevo Gran Caballero Dragón, su propio Aemon (solo que, a diferencia de aquel, éste sería leal a su persona). Como bastardo que era, Daemon no tenía derecho a poseer tierras, títulos o ingresos, de modo que dependía totalmente del favor de su regio padre para hacerse un hueco en el mundo. Quizás incluso Aegon IV deseara matar simbólicamente a Aemon convirtiendo a Daemon en el nuevo as de la caballería, uno de su propia creación. Esta puede ser la razón de por qué el rey intentó acusar de infidelidad a Aemon y no lloró por su muerte ni le dio un vistoso funeral (a pesar de que había muerto defendiéndole): su objetivo era disminuir el prestigio del Caballero Dragón para que su Daemon le superara.

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Además, Daemon representaba todo lo que él apreciaba: destreza marcial, encanto, carisma, atractivo y lealtad (a él). El vigor y la masculinidad de su bastardo reflejaban bien la propia virilidad de Aegon (que por entonces le había abandonado por su excesiva gula) y apelaban a su vanidad. Incluso en sociedades marciales como Poniente, con los años llega la hora de pasar la testigo y los hombres de más edad pueden hacerse a un lado de la primera línea y ejercer como arquitectos de la flamante y nueva generación de espadachines jóvenes y talentosos. Al no poder utilizar Fuegoscuro, Aegon la entregó a Daemon para que la empleara en su lugar, para satisfacer sus propios caprichos.

A pesar de todas sus amenazas, sus calumnias y sus bromas de mal gusto, Aegon no repudió formalmente su hijo.” – El Mundo de Hielo y Fuego, Aegon IV

Daemon Fuegoscuro continuó recibiendo glorias y honores de su progenitor, pero no consiguió jamás el premio gordo: su designación como heredero. Aunque Maegor, Jaehaerys y Viserys habían demostrado que el monarca tenía la potestad de nombrar a su sucesor, las guerras civiles subsiguientes dejaron claro que saltarse la sucesión tradicional invita al caos. Además de Dorne, Daeron tenía un gran número de leales, muchos de los cuales eran señores muy poderosos, ya fuese por tradicionalismo o por horror ante la forma de gobernar de Aegon IV.

Y el rey, que no era estúpido, sabía que necesitaría destruir la legitimidad de Daeron o causaría una guerra que posiblemente no iba a ganar. Por ello, empleó a Ser Morgil Hastwyck para que hiciese correr el rumor de que sus hermanos eran amantes. Dichas acusaciones, además de como campaña de desprestigio contra Aemon, también sirvieron para erosionar la imagen de Daeron ante mucha gente. En un escenario donde tanto Daeron como Daemon son ilegítimos, el segundo gana porque por lo menos lleva la sangre del rey, mientras que Daeron sólo llevaría la de un caballero de la Guardia Real y la reina consorte (incluso Aceroamargo y Cuervo de Sangre tendrían más derechos al trono que él). Sin embargo, este intento del Rey Indigno fue infructuoso, ya que Aemon forzó a Ser Morgil a responder por sus palabras con la espada y le mató.

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Así que, sin un medio para demostrar que su hijo no era suyo, Aegon IV decidió centrarse en construir una coalición militar para apoyar a Daemon en su reclamación. Daeron podría tener a poderosos señores de su lado, pero si el grueso de los soldados y los comandantes respaldaban a Daemon, Daeron no tendría opción en una guerra abierta. En pocos años, Aegon podría haber reunido todo el apoyo que necesitaba para hacer a Daemon su heredero al Trono de Hierro. Sin embargo, en ese momento el rey estaba tan plagado de enfermedades y parásitos que su salud le dio la espalda definitivamente. La legitimación de todos sus bastardos en su lecho de muerte fue, como casi todas las demás decisiones tomadas en su reinado, un acto egoísta, arbitrario y realizado en el calor del momento, por miedo a su propia muerte. Tenía casi a punto la coalición pro-Daemon pero no iba a tener tiempo a ejecutar el último movimiento, el desheredamiento del odiado Daeron. Así pues, su cruel gesto fue vacío y sin dientes, aunque acabaría por causar la mayor crisis de sucesión en Poniente.

Conclusión

Aegon el Indigno es considerado (con mucha razón) como uno de los peores reyes de la Casa Targaryen. Su egoísmo, mezquindad, crueldad y arbitrariedad le convirtieron en un monstruo que casi destruyó todo lo que sus antepasados habían construido a lo largo de generaciones. Sin embargo, si consideramos el enorme auto-odio que sentía, sus acciones siguen una retorcida lógica, la de un hombre que quería estar satisfecho pero no podría llegar a estarlo nunca y que constantemente necesitaba nuevos afectos para ahogar la inquina que sentía por sí mismo.

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Aún así, estas excusas no le disculpan por el daño que le hizo al reino, a sus habitantes y a todos los que le rodearon (especialmente su hermano, su esposa y su hijo) por el bien de su diversión. Aegon el Indigno le llamaban y realmente lo fue. En una dinastía llena de reyes débiles y/o tendentes al error, él es el menos defendible de todos. Aerys II podría alegar como atenuante su locura y Maegor y Baelor tal vez pudieron haber sufrido daños cerebrales en el transcurso de sus respectivos comas. Por contra, Aegon no tiene ninguna característica que le redima, no hay razón justificable para actuar del modo en que lo hizo. Aunque no matara a mucha gente durante su reinado, las guerras que él comenzó se traducirían en cientos de miles de muertos. Y todo por sus caprichos.

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