“300” (Zack Snyder, 2007) ¡Esto no es Esparta, pero entretiene!

Han pasado ya más de diez años desde que vi esta película por primera vez, pero aún recuerdo el momento exacto en el que todo el auditorio empezó a descojonarse de la risa cuando Jerjes, tras colocar sus manazas sobre los hombros de Leónidas, le explica al monarca espartano qué es lo que realmente temen sus hombres de él. Tantas y tan ruidosas fueron las carcajadas que no me enteré de que lo que temían esos pobres persas era el “poder divino” de su líder (y no otra cosa) hasta que pasaron la película por televisión un año después.

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“¡Las manos quietas, persa!”

Solo por ese momento ya mereció la pena verla, aunque la película de Zack Snyder tiene otros puntos fuertes. Aunque considero que está totalmente pasada de vueltas en cuanto a estética, se trata de un producto entretenido, con una historia simple de buenos y malos ya mil veces vista pero siempre efectiva. También es de apreciar su rotunda espectacularidad, sus apabullantes escenas de acción y sus toques de humor involuntarios, como el que he descrito arriba, que son una gozada. Y con cameos estelares de Quasimodo y El Pingüino de Batman Vuelve.

También hay cosas que no me gustan, como el tufillo militarista y caudillesco que tiene el guión (aunque se intenta diferenciar entre el buen líder que se parte la cara junto a sus hombres, Leónidas, y el que ve los toros desde la barrera y encima va de dios viviente, es decir Jerjes), su desprecio al poder civil (plasmado como inoperante, incompetente y/o corrupto) y a los civiles en general (que no les llegan a la suela de los zapatos a los guerreros profesionales y en consecuencia son indignos de ostentar protagonismo, cuando en la vida real los espartanos lucharon codo a codo con ellos).

Tampoco me encaja que 300 espartanos puedan construir una muralla gigantesca pero cientos de miles de persas no puedan desmontarla (aunque bien podría ser que Jerjes fuese demasiado impaciente) o que el traidor Theron lleve encima las monedas con las que los persas le han pagado y que pueden delatarle. Y no una ni dos sino un montón, para así aumentar las posibilidades de que se le caiga alguna y se líe parda. Eso sí, ver el momento en que la reina Cersei Gorgo le da su merecido y lo pone en evidencia es muy satisfactorio.

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Ay.

La verdad detrás del mito

Históricamente hablando, eso sí, las inexactitudes campan a sus anchas. Casi todo lo que nos enseñan rara vez cuadra con la realidad. Como dijo una de mis profesoras, si Jerjes hubiese ido por la vida con esas pintas de drag queen hortera (carroza incluida) y ese séquito de fenómenos de circo no le habrían permitido gobernar el Imperio Persa ni un solo día. Por no hablar de que si afirmara ser un dios viviente resultaría blasfemo para todos sus súbditos, que practicaban el culto zoroastriano, monoteísta. Además, los soldados de Jerjes no eran esclavos, como declara Leónidas en la charla, sino  reclutas, mercenarios y soldados profesionales venidos de todos los rincones del vaso territorio bajo su dominio e incluso de la propia Grecia.

Aparte de esto, la representación que se da de las estructuras de gobierno espartanas y de la propia batalla de las Termópilas tiene considerables hechos que no se ajustan a lo que los libros de Historia cuentan:

  • Esparta no era una monarquía sino una diarquía. Es decir, había dos Casas reales, la de los Agíadas (de origen dorio) y la de los Euripóntidas (de origen aqueo). Cada una aportaba un rey: Leónidas pertenecía a la primera y Leotiquidas II a la otra.
  • Los Éforos no eran sacerdotes deformes y lascivos que vivían en una montaña y hacían vaticinios más cuestionables que un billete de 3’50. Eran cinco ancianos elegidos anualmente y su misión era presidir los consejos y ejercer como jueces supremos.
  • Esparta tenía dos asambleas de gobierno (una para todos los ciudadanos y otra para los más maduros y con más trienios en el ejército), en lugar de una sola, como en la película.
  • Los miembros de la realeza no eran separados de sus familias ni puestos en serio peligro. Recibían un severo y duro entrenamiento, como los demás, pero menos extremo (para algo tenían sangre azul). Y los viajes de entrenamiento no eran individuales sino grupales, para que los chavales aprendieran a cooperar como una unidad.
  • Los soldados espartanos no iban semi-desnudos a la batalla, como es lógico. Nadie en su sano juicio iría a una batalla a pecho descubierto, sobre todo en una época en la que un corte infectado podía causar la muerte.
  • La clave de la resistencia de los 300 fue que su armamento era más pesado y que hacían tapón en la entrada del paso (al principio parece que la lucha va a ser realista, con los hoplitas puestos en filas sucesivas conteniendo la avalancha persa y pegándoles a los que les empujan lanzazos por turnos para obligarlos a retroceder, aunque todo el rato así habría resultado aburrido y por eso hacen que finalmente rompan filas y se pongan a combatir cuerpo a cuerpo fuera del estrecho corredor, una decisión que en la vida real los hubiera llevado a la derrota en 5 minutos).
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We’re the storm.

Por otro lado, los griegos eran sólo un poco menos oligárquicos que los persas, con que eso de la defensa de las libertades contra la tiranía, el bien contra el mal… queda un poco difuso si lo miras bien. Y Esparta era precisamente la que menos podía presumir, desde el punto de vista actual. Difícilmente puede ser adalid de la libertad una ciudad donde solo una minoría de sus vecinos tiene derechos políticos. Porque nacer en Esparta podía hacerte espartano pero no te hacía espartiata (ciudadano). Para eso tenías que cumplir una serie de requisitos.

  • Descender de los dorios (el último pueblo invasor que pasó por la región y fundó la Esparta que todos conocemos, tras derrotar y someter a la población local de Laconia).
  • Que tu padre fuera ciudadano y tu madre hija de ciudadano (los hijos bastardos estaban un escalón por debajo de los legítimos en la escala social).
  • Que, al nacer, una comisión de ancianos juzgara que tenías buena salud (si no, eras calificado de “boca inútil” y eliminado sin dilación).
  • Pasar por el severísimo proceso educativo-militar espartano, que duraba desde los 7 a los 20 años.
  • No quedar deshonrado, cosa que podía ocurrirte si dabas muestras de cobardía en batalla o andabas corto de dinero para poder pagar las importantes comidas comunales o las multas.

Si cumplías los tres primeros requisitos, ya de entrada recibías una porción de tierra y unos siervos que la cultivarían para ti (pues eso de hacer trabajos manuales no es digno de un ciudadano de Esparta). El resto ya dependía de cada uno, pero aunque cayeran en desgracia y quedaran deshonrados, los espartiatas seguían gozando de más derechos que aquellos que les seguían en el escalafón social.

Justo por detrás estaban los periecos (“los que viven en la periferia”), descendientes de los antiguos pobladores de la región que se sometieron a los invasores sin oponer resistencia y que, por ello, eran hombres libres (comerciantes, artesanos, jornaleros, terratenientes y campesinos). Pagaban al Estado espartano los mismos impuestos que los espartiatas y también podían ser reclutados para ir a la guerra, aunque no tenían tantos derechos políticos (por ej. no podían casarse con espartanas) y se les negaban los cargos públicos de importancia. No obstante, tenían cierto margen de autonomía en sus barrios, propiedades privadas y algunos alcanzaron puestos de relevancia media en la administración.

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“Hola a todos. Soy un ilota y vengo a solicitar la ciudadanía”.

Los últimos en el escalafón eran los ilotas, cuyos ancestros habían cometido el gran error de intentar resistirse a los invasores. Podían casarse entre ellos, tener bienes y vivir de lo que cultivaban (tras pagarle a su amo la renta debida) y técnicamente no eran esclavos porque no podían ser comprados o vendidos, pero el Estado disponía de ellos a su antojo y estaban atados a la tierra que les asignaban. Gracias a esta mano de obra servil, los ciudadanos de Esparta podían permitirse dedicar la mayor parte de su tiempo al entrenamiento militar, gracias al cual podían mantener su control sobre la sociedad.

Eso sí, la diferencia numérica entre ambos grupos era enorme y los espartiatas, muy conscientes del peligro de una rebelión, siempre procuraron mantener a sus ilotas humillados y aterrorizados, llegando incluso a instaurar una versión antigua de The Purge llamada Krypteia, en la que cada año se dejaba un tiempo indeterminado en el que asesinar y saquear a los ilotas era legal. Esta práctica servía para que los jóvenes ciudadanos tuvieran su “bautismo de sangre”, lo cual contribuía a curtirlos de cara a una batalla real, y además recordaba a los siervos quién mandaba.

Sería una idea interesante hacer una película desde el punto de vista de los ilotas en la que los hoplitas espartanos fuesen villanos: seguro que sería mucho más realista e igualmente entretenida y espectacular.

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