Crítica de “El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos” (PARTE II)

Como ya he mencionado antesUn Viaje Inesperado y La Desolación de Smaug acusaban bastantes problemas fruto de haber estirado una historia que hubiera quedado bien con solo dos partes, pero en conjunto eran películas decentes. Sobre La Batalla de los Cinco Ejércitos recaía, pues, una tremenda responsabilidad: la de cerrar todo de buena manera y conseguir, de este modo, que los aciertos de la trilogía primaran sobre los fallos. Ya se sabe lo poderosos y sanadores que son los buenos finales. Sin embargo, y por desgracia, éste no es el caso.

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La historia comienza de un modo muy atípico. Si en la anterior Jackson tiraba de un flashback para poner al público en situación y dar paso a la acción, aquí la acción estalla de golpe a porrazo, con la gente de Lago gritando e intentando huir mientras Smaug desata el infierno sobre ellos. A uno le da la sensación de que se ha metido a ver una película empezada. Esta parte, pese a la ida de olla de la ballesta improvisada, está bien. Al cabo de poco más de 10 minutos, el dragón ha muerto y ya comienza a rodar el argumento propiamente dicho (¿en serio no podrían haber colocado estos minutos donde correspondían, como desenlace de La Desolación de Smaug?).

Quitando el rescate de Gandalf de Dol Guldur gracias al Concilio Blanco (buena escena pero que se me hizo un poco rápida) y la salida de exploración de Legolas y Tauriel (que sirve para poco pero al menos mantiene ocupados a los dos elfos), toda la trama durante la siguiente hora transcurre en la Montaña Solitaria y alrededores.

Dentro, y ante la consternación general, Thorin ha caído víctima de la indeterminada maldición del tesoro de Erebor, convirtiéndose en un ser huraño y paranoico que, al igual que su abuelo, dedica el tiempo a contemplar con lascivia sus riquezas. Además, su ya duro carácter ha empeorado por culpa de la desaparición de la Piedra del Arca, que sin saberlo nadie está en poder de Bilbo. La transformación del personaje ya se atistababa al final del anterior film y por eso no me ha parecido precipitada, aunque a veces exageran una barbaridad (el pobre Thorin parece poseído por Gollum y Smaug al mismo tiempo), seguramente para así justificar sin fisuras la decisión del hobbit de robar la joya.

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Pero los enanos no son los únicos en volver a su hogar ancestral. Tras el fallecimiento del gobernador de Lago (que para que lo que hacía bien muerto que está), Bardo se convierte en el líder de sus vecinos y tiene la intención de reclamar al Rey Bajo la Montaña la jugosa recompensa que éste prometió el día anterior a cambio de ayuda. Thorin no se alegra de verlos acampar en las ruinas de Valle, del mismo modo que yo no me alegro de ver cómo Alfrid recibe tanto protagonismo. ¿A quién le pareció que este grimoso cobarde sería un alivio cómico aceptable? No tiene ninguna gracia, ni gritando una frase de Los Simpson. Todo lo que hace es quejarse, arrimarse a Bardo (su antaño némesis), recibir toda una retahíla de desprecios y tirar a la basura todas las ocasiones que tiene de ser útil. En fin…

Después aparece un ejército elfo, con su rey a la cabeza y tan irritante como siempre (la única buena acción que lleva a cabo –alimentar a los hambrientos refugiados de Lago– pierde todo valor porque él mismo se lo quita). Su intención es aprovechar la coyuntura para pedir una joyas que dice que les pertenecen a los elfos, aunque sin la excusa de que le fueron prometidas y sin haber ayudado a nadie. El personaje me parece de lo más aborrecible y, curiosamente, en el libro era todo lo contrario. Según me enteré después, las piedras que Thranduil tanto codicia en realidad eran de su amada y difunta esposa y de ahí su insistencia, pues es lo único que le queda de ella. Pero ese dato, que le habría vuelto una persona más compleja y menos censurable, no es mencionado.

El caso es que Thorin se niega a repartir el “tesoooro” y hombres y elfos se preparan para tomarlo por la fuerza. Un reaparecido Gandalf intenta evitar que haya guerra avisando a Thranduil y Bardo de que los orcos están al caer, pero no le creen. Bilbo también trata de poner paz entregando a los sitiadores la Piedra del Arca para forzar una negociación, pero la llegada de Dain Pie de Hierro con un ejército de enanos en auxilio de su rey frustra tal posibilidad. Y en ese momento, justo cuando parece que las fuerzas del bien van a aniquilarse entre ellas y ahorrarles el trabajo a los villanos, el ejército de Azog (que había estado avanzando en secreto bajo tierra gracias a los túneles que construían unos gusanos gigantes venidos desde Dune) entra en escena.

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Viendo la que se les viene encima, hombres, elfos y enanos olvidan sus rencores y se unen para librar la Batalla de los Cinco Éjércitos. ¿Y qué tal es la batalla? Pues la verdad es que no pasará a la historia, ni de la trilogía ni del cine en general. Peter Jackson tenía libertad para hacer el combate que le diera la gana, dado que en el libro no recibe mucha descripción (los hechos se cuentan desde el punto de vista de Bilbo, quien en todo momento procura apartarse del peligro y se pierde más de la mitad del enfrentamiento porque le dejan inconsciente).

La cosa empieza bien, con Dain Pie de Hierro y su hueste avanzando hacia la marea de orcos mientras humanos y elfos se quedan quietos sin saber qué hacer. Y cuando parece que serán los enanos los únicos en comerse el marrón, aparecen los elfos saltando sobre el enemigo espada en mano. Como táctica militar no es nada realista, pero la escena mola y nos hace presagiar una interesante batalla (no en vano, elfos y enanos son dos ejércitos muy carismáticos y a los segundos nunca les habíamos visto en acción –en ESDLA sólo teníamos a Gimli–). Sin embargo, al cabo de dos minutos de desordenado combate multitudinario, un segundo ejército de orcos se dirige hacia la desprotegida Valle y Bardo y su tropa de civiles armados con lo primero que pillaron abandonan la lucha para socorrer la ciudad. Con ellos van Gandalf y Bilbo.

No discuto la coherencia de la estrategia de Azog, que desde un monte cercano dirige a sus ejércitos por medio de un gran aparato de hacer señales que nadie le vio levantar antes de la batalla, pero su decisión de dividir al enemigo tan pronto supone el declive de la contienda. Peter Jackson toma varias decisiones que convierten en olvidable un enfrentamiento que podría haber sido épico.

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La primera es que, al dividir la batalla en dos frentes, se corría el riesgo de que uno de ellos quedara sin la debida atención. Y, por desgracia, ese frente es el de la Montaña, donde luchan enanos y orcos. El grueso del metraje se centra en el enfrentamiento de Valle entre orcos y humanos (los elfos aparecerán testimonialmente de pronto pero no se les ve mucho ni aquí ni allá). Es decir, se pone el foco de atención en el punto donde pelea el menos carismático de los tres ejércitos buenos y que, encima, es un terreno poco dado a la espectacularidad militar y más hacia la guerrilla urbana.

Además, a pesar de llevarse muchos más minutos, el frente de Valle tampoco es un primor. No existe una continuidad clara de la acción, simplemente una sucesión de combates y choques armados tumultuosos y breves interrumpidos cada dos por tres por un duelo individual o una vuelta al interior de la montaña, de donde Thorin se niega a salir y a que ninguno de sus compañeros salga para no dejar desguarnecido su tesooro. Abundan también las flipadas, como el orco ariete que se carga la muralla o Bardo preocupado otra vez por su familia y salvándola con un “carro bala”. Y ni siquiera en medio de una contienda nos libramos de Alfrid, que vuelve a deleitarnos con sus cobardías y que incluso aparece disfrazado de mujer no una sino dos veces.

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Solo de pensar en los minutos que le dan a este sujeto y que podrían haberse usado para otras cosas me deprimo.

Finalmente, Thorin tiene una –excesivamente prolongada– epifanía psicotrópica y opta por pasar del tesoro y salir a pelear junto a sus camaradas. Derriban el muro que habían construido para bloquear la entrada utilizando una campana de oro XXL (otra flipada) y realizan su entrada épica en combate, lanzándose contra los orcos a pecho descubierto, sin armaduras ni nada. Dain y sus tropas, a los que antes habíamos visto (por primera vez en mucho rato) sobrepasadas y a punto casi de sucumbir, recuperan el brío y siguen a su rey en una nueva carga épica… que al cabo de un minuto se corta para que Gandalf y Bilbo puedan decir, desde lejos, lo bien que contraatacan los enanos por tener a su rey delante y que las mujeres de Valle decidan salir también a combatir al lado de sus maridos (aunque luego no nos las enseñen en ninguna escena significativa).

Volvemos a la Montaña, donde Thorin y su primo Dain tienen una charla mientras a su alrededor todos pelean. La cosa está jodida, dicen, pero Thorin tiene un plan: si matan a Azog, su ejército se romperá y FIN. Dicho y hecho. Nada más acabar de hablar Thorin se sube en una cabra enorme que no sabemos de dónde ha salido y corre raudo hacia el cerro donde Azog dirige las operaciones. Le acompañan Kili, Fili y Dwalin, quienes también se han agenciado unas cabras. Como es natural, Azog (que no pierde detalle) les ve venir desde lejos.

Si no hubiera sabido ya que Thorin, Fili y Kili estaban condenados a morir, me habría preguntado por qué el rey de Erebor no se lleva con él a más de tres luchadores para una operación kamikaze tan importante (Gandalf, que también lo ve desde lejos, lo justifica afirmando que lleva a “los mejores”, pero ¿acaso no habría sido mejor llevar a alguno más?). Resulta curioso que después de darle tanto bombo a la batalla, al final todo se vaya a saldar en un duelo a pequeña escala.

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Los cuatro enanos llegan al cerro y liquidan a todos los orcos que lo custodiaban, pero Azog no está. En lugar de mantenerse unidos en terreno desconocido, Thorin decide dividir sus fuerzas: Fili y Kili cruzarán el río helado que separa el cerro en que se encuentran del cerro vecino y buscarán discretamente el escondite del orco albino, mientras él y Dwalin se quedan donde están y hacen frente a una minucia de “un centenar de trasgos” (qué débiles deben ser los trasgos para que dos enanos se consideren -y sean- suficientes para sacudirles) que acaban de llegar. Mientras tanto, Tauriel y Legolas regresan a Valle y anuncian que un tercer ejército de orcos dirigido por Bolgo está al caer.

Como las malas nuevas nunca vienen solas, resulta que el punto de encuentro de esos orcos será el cerro donde Thorin y compañía se encuentran ahora. Viendo en grave peligro a sus compañeros, Bilbo acude a advertirles en el acto. Tauriel y Legolas aún tardan un poco más en ir, ya que tienen que encararse con Thranduil, que ha aparecido de repente en Valle y se quiere largar dejando tirados a enanos y humanos; Tauriel le amenaza con su arco y le dice que no sabe lo que es el amor (sic). Eso habría sido su muerte, pero Legolas la saca del apuro (para algo es el príncipe) y se va con ella a rescatar al tipo que le ha “quitado” la chica y convertido en pagafantas oficial de la saga.

Volviendo al cerro, Bilbo llega y advierte a Thorin y Dwalin de que están en un sitio que pronto va a estar lleno de orcos. Pero este bienintencionado aviso llega tarde para Fili, que ha sido capturado y muere asesinado por Azog delante su tío, que no puede hacer nada. A pesar de que están llegando a la zona las avanzadillas, un ultracabreado Thorin pasa de una colina a la otra y se enfrenta a su rival, dando inicio a la pelea final entre ambos. Una pelea de la que tardaremos 15 minutos en conocer el desenlace, pues es interrumpida en varias ocasiones y se intercala con una gran cantidad de sucesos. Así no es fácil entusiasmar.

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Kili también intenta llegar hasta Azog para vengar a su hermano, pero no dejan de salirle orcos al paso. Tauriel llega a la zona andando, dispuesta a ayudarle, pero al final es él quien tiene que ir a socorrerla cuando Bolgo la derrota. Y, demostrando que están hechos el uno para el otro, Kili también es vencido y el orco tuerto lo mata en una escena de lo más melodramática y con moraleja (no hay que dejarse en casa la armadura antes de una pelea). Satisfecho consigo mismo, el hijo de Azog va a por Tauriel, pero tras un focejeo ella consigue que ambos caigan por una pendiente. Creí que así iba a acabarse este romance inventado, con la muerte de él defendiéndola y la de ella vengándole.

Habría estado bien… pero no, elfa y orco no caen al vacío sino a un nivel inferior del monte y Bolgo se levanta para rematarla. Menos mal que estaba ahí Legolas, que se las arregla para detenerlo y entabla con él un feroz, acrobático y laaargo duelo que cuando por fin termina, con el orco muerto y despeñado, no me produce ninguna emoción que no sea alivio. Al menos la escena en que el puente se derrumba y Orlando Bloom va al otro lado dando saltitos como si fuese un videojuego de Super Mario me hizo reír.

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Otro duelo que estaba deseando que terminara de una santa vez era el de Thorin y Azog, que no paraban los tíos. Llega un momento en que crees que ha acabado por fin, con el villano hundiéndose en el lago helado, pero tampoco: el pie del pobre enano es apuñalado desde abajo y acto seguido Azog da un salto (¿apoyándose en qué?), rompe la capa de hielo y vuelve a la carga. Thorin, herido y en una posición de debilidad, no tiene más remedio que permitir que su enemigo le hiera de muerte para que así baje la guardia y poder él herirlo de muerte a continuación. El orco albino la palma antes, que para eso es el malo de la peli, y el Rey bajo la Montaña exhala su último aliento en brazos de un lloroso Bilbo.

A todo esto, minutos antes habían intervenido las águilas, llamadas por Radagast y que junto al cambiapieles Beorn se lanzaron contra los orcos, los que estaban y los que llegaban, provocando estragos y supuestamente haciendo que la batalla se ganara. Y digo supuestamente por la brevedad de su estancia en pantalla: apenas medio minuto. Llegan, atacan, causan algunos daños y cuando volvemos a prestarles atención ya han ganado la batalla. Podían haberse estirado un poco más con el tiempo, que se ha ganado la batalla gracias a ellos y Beorn, por ejemplo, daba mucho de sí con su forma de oso gigante.

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La lucha ha terminado y es hora de atar cabos. Legolas ha quedado tan decepcionado por los actos de su padre que decide exiliarse del reino, aunque acepta el consejo de éste de matar el tiempo yendo a conocer a un joven montaraz llamado Trancos, con el que en el futuro vivirá grandes aventuras. La pobre Tauriel está destrozada por la muerte de su amor de 4 días y así la dejamos, hecha un mar de lloros. ¿Qué le pasará? Ni lo sé, porque es un personaje inventado, ni nos lo cuentan. Se puede suponer que su rey, menos estirado tras la pelea, la perdonará y readmitirá en el bosque, aunque son solo eso: suposiciones. Y no es por nada, pero para acabar su historia así mejor que la hubieran hecho morir junto a su enamorado.

Seguidamente hay una emotiva escena en Valle. Bardo, sus tres hijos y los demás ex-lacustres miran con cara pena la Montaña, al son de trompetas fúnebres. Un servidor pensó que esa escena empalmaría con el entierro de Thorin y sus sobrinos, pero en lugar de eso pasamos directamente a la despedida de Bilbo. Me quedé un poco a cuadros. ¿Dónde estaba el entierro del co-protagonista de la trilogía? ¿Qué pasaba con Erebor, la Piedra del Arca y el tesoro? Mi madre, que me acompañó y no se ha leído el libro, me preguntó nada más salir del cine si sabía qué sucedía con todo eso. Tuve que explicarle que Dain era el nuevo rey, que la joya se enterraba con Thorin y que hombres y elfos recibían un porcentaje del tesoro. Muy mal por parte de Jackson habernos negado esa información, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de minutos dedicados a personajes y tramas innecesarias.

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Comprendo que lo del reparto del tesoro podíamos darlo por sobreentendido, pero el resto de cosas no son tan sencillas de pillar a la primera. Dain ha salido muy poco y la Piedra del Arca no se vuelve a ver desde que Bardo se la muestra a Thorin antes de la batalla… Con lo sencillo que era poner la escena del funeral, con Thorin con la Piedra entre manos y Dain presidiendo la ceremonia con una corona en la cabeza y siendo aclamado después como nuevo rey. Con quitar a Alfrid habría cabido sin problemas. En fin, supongo que así hicieron que la versión extendida se vendiera más, pero ya les vale.

Total, Bilbo regresa a su pueblo con un cofre que no tenía al salir de Erebor (¿por qué pusieron en la primera película la escena donde los enanos ocultan un cofre lleno de oro de los trolls si luego no pensaban mostrarnos cómo lo recogen?) y aunque sus respetables vecinos le han declarado legalmente muerto y saqueado su mansión como voraces buitres (eso sí, con mucha formalidad), él tiene el Anillo y es feliz.

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De esta manera llega a su fin la aventura del pequeño hobbit y regresamos a la época de ESDLA para que su versión anciana concluya el libro. Temía sinceramente este momento porque el doblador del viejo Bilbo (Joaquín Díaz) murió en 2013; por suerte, el personaje tiene sólo dos frases y son las mismas que dijo en su primera aparición en La Comunidad del Anillo, de modo que simplemente reutilizaron el diálogo grabado entonces, lo cual es de agradecer porque la escena, que une ambas trilogías, no hubiera tenido el mismo valor nostálgico con un Bilbo cuya voz no fuera la de Díaz.

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