Como hemos visto, Aegon I el Conquistador fue capaz de proyectar ante sus vasallos una imagen de autoridad tan formidable (y aterradora) que se convirtió en el modelo a seguir para la mayoría de sus sucesores, quienes procuraron usar cualquier símbolo que pudiera asociarlos con él. Sin embargo, otros reyes Targaryen entendieron que la dinastía no podía vivir eternamente de las glorias de su famoso fundador. Lo que con éste había funcionado quizás no sirviera del todo unas generaciones más tarde, por lo que era necesario ampliar el repertorio, añadiendo nuevos emblemas de liderazgo al «arsenal» propagandístico de la Monarquía.

En este ensayo, analizaré las coronas que surgieron desde la muerte de Aegon hasta la misteriosa extinción de los dragones, los mensajes que sus inventores deseaban transmitir a través de ellas y también el propósito de los siguientes gobernantes de la dinastía que las usaron. Una historia turbulenta, repleta de buenas y malas decisiones que llevaron a los Siete Reinos tanto a su período de mayor esplendor como al mayor de los desastres.
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